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jueves, 27 de marzo de 2008

Los cuentos de Bolívar y María Eugenia XCV: Once días después...

Nota: Pido perdón por éste escrito. En primer lugar, quisiera dedicárselo a Jorge, Gabriel, José, Hugo, David y otros socios más los cuáles ignoro sus nombres. En segundo lugar, puede que haya algo de subjetivismo pero en realidad, solamente estoy relatando una visita al Ferroclub Haedo. En tercero, a Andy y algún otro aficionado que se prenda a la visita.


Nota II: Todas las personas mencionadas en la nota anterior, existen en la realidad.


Hay motivos de sobra para la existencia reiterativa de puntos suspensivos... Pero diré que de aquel 1º de noviembre al día 12, solo hay 11 días de diferencia. Casi nada.

Así como llevo los trenes conmigo – pues para unos, la vida es una ruta, para mí, la vida es una vía, tú conduces ese tren, que es tu vida – llevo millones de cosas más conmigo, por eso, tomé mi mochila de trapo y metí una carpeta con papeles y fotos (Poquitas), vestida de rea salí de mi casa y me tomé el primer colectivo rumbo a Liniers.

Un larga rato después llegué a Liniers, bah, a San Cayetano, porque ahí el colectivo terminó el recorrido. Y apareció Jorge con sus cuatro rueditas y emprendimos el ¿corto? Camino a Haedo.

Justamente al cruzar el paso a nivel en Liniers, fue ver la marea humana en el lugar. Sinceramente, eso jamás lo ví, y eso que también ando en el Roca, pero postales como esa, ninguna.

No quiere decir que porque vas a encontrarte con una persona vas a hablar pura y exclusivamente de trencitos. Siempre hay temas para los cuales intercambiar palabras.

Pero no podía evitar despegar mis ojos de las vías. Y pegados quedaron hasta que desde la esquina de Avenida Rivadavia apareció Haedo, casi como si se levantara el telón desde arriba de un escenario. Tapiada... en el momento no se piensa, pero cuando uno está más tranquilo piensas “Qué suicida yo... y yo estuve pisando el campo de batalla de hace solo 11 días”. Y si sigo dando vueltas a mi memoria, podría decir que realmente pisé el campo de batalla, las piedras esparcidas por la calle... Sí, visité el campo de batalla.

Aquella frase “Esto fue lo que quedó más entero”, con el dedo señaló al sector de Metropolitano. Volteé mi mirada hacia ese sector. Y la gente transita la estación con el mismo ritmo de siempre, pero concienzudamente de lo sucedido aquel 1ºde noviembre del 2005...

En cuestión de minutos llegamos al depósito de Haedo. No precisamente las grúas ni las vaporeras nos vinieron a saludar, sino las formaciones se encargaron de hacerlo. ¿Pero qué hago diciendo formaciones si en realidad es lo que quedó? En realidad, es lo que quedó después de la barbarie.

A lo largo del predio allí descansaban esos trenes incendiados. Parecían imanes que atrapaban miradas y se podía estar todo el tiempo que se quisiera mirando porque más de uno suspiraba “Es de no creer”. Y yo, yo sentí esa sensación. Miraba esos trenes y mis ojos parecían arcos que disparaban flechas, bueno, más que flechas eran las imágenes de una barbarie... una tras otra. Y volvía a lo mismo “No lo puedo creer”. Es que es una gran verdad: no se puede creer.

Si hubo un motivo para dar vida y color al paisaje del depósito de Haedo fue ver cómo una grúa vaporera se movía bajo el ardiente calor de una tarde de sábado, donde unos observábamos su paso y otros aprovechaban la sombra de los árboles para reparo del sol.

Afuera los trenes continuaban su marcha como siempre. Pero una GAIA vino a romper la monotonía de una tarde de sábado con un traslado vía ascendente y, mientras tanto, esa grúa imponente hacía rugir su silbato al compás de las maniobras.

Y allí quedó. Se quedó para dormir hasta una próxima vez cuando vengan aquellos mecánicos voluntarios a ponerla en funcionamiento. Tan lejos, tan cerca... de la barbarie pasada.

¿Y la Burra? Uy! Perdón mujer, aunque por fuera luzcas un poco harapienta, algún día lucirás como debes. Como verás, el tiempo no apura y por ahora, hay generaciones de sobra en materia ferroviaria.

Pero ustedes, todos, protagonistas de un hecho de hace once días, en verdad, como dicen los gauchos “El Tata los cuidó”. Vaya si no los cuidó... los cuidó de tal forma que salieron ilesos de la batalla campal. Nos vemos y lloramos los lamentos... los lamentos de un día infernal.

Me fui por las ramas pero diré que... que... que si bien me estás recriminando “Qué visita fugaz”, yo te contesto “Pero tan pronto como imagines, volveré, para llevarme recuerdos encima y lo haré tantas veces quiera”. Y lo digo en serio...

Cantando bajito salimos con Jorge en sus cuatro rueditas a la salida del sector de Morón. Nada hace a la entrada del sector Haedo, aunque no voy a decir nada, para no generar discrepancias.

Mientras iba con Jorge en el coche, se me pasaron por mi cabeza muchos versos de protesta... canciones de los más variados grupos musicales y géneros... pero sin lugar a dudas, hay una que dejaré que ocupe el primer lugar porque, han tenido el privilegio de guardar en un video musical aquella Estación de Trenes Haedo original... pero el mayor consuelo de todos es ese cartel final “Hecha en Haedo”.

Y a Liniers regresé. Cuando la luz se apagó, me despedí con un fuerte abrazo de Jorge, con la ilusión puesta en el Parque Avellaneda y con ese sueño, me fui a tomar el colectivo 106... en mi casa, mi almohada y mi ángel guardián solo sabían de las imágenes coloreadas de los recuerdos del día y de once días atrás....................

*****

Y el teléfono sonó. Era martes. Era la voz de Andy para decirme “Quiero ir a Haedo”. Recreo y tesoros de vacaciones, bienvenido. Será bienvenido a la tierra de la barbarie.

Yo le conté de aquella visita fugaz. Pero creo que el día que ponga los pies en el lugar, podrá él mismo apreciar la barbarie. En primera persona, por cierto.


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