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lunes, 17 de noviembre de 2008

Hijas de Nadie

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2003 – 5 años de mí – 2008: De mutantes y maldiciones

Observaciones: Fantasía. Están advertidos

Cuando Dante se enamoró de Flora, ésta no sabía la clase de persona que era Dante. ¿Infiel? Al contrario, demasiado fiel a su amada, la quiere y la cuidará, como la madre a su hijo.

Flora siempre moría por Dante, y daba todo por él. Lo que nunca se supo fueron los motivos que lo llevaron a ella.

Una tarde, en la plaza de de Junín, Flora le hará una confesión que lo hará poner colorado:

- Oh, Dante mío, te amo. Dame una oportunidad. Mírame y permíteme escapar si no soy de tu agrado.

Dante, colorado, contestó – Bueno -.

Un día, cuando el Martita arribó a Retiro San Martín, un compañero suyo le dijo:

- Que momento placentero fue haber compartido la cama con tu mujer…

- ¿¡Qué!? – gritó Dante y lo tomó de la camisa con ambas manos.

- Lo que acabas de oír chamaco de pocas pulgas.

- ¡Hijo de puta rematado! – volvió a gritar Dante y lo emprendió a las patadas, como si su compañero fuera una pelota de fútbol.

Luego, Flora lo llamó a Dante por el celular.

- Cariño…

- Cariño cornudo… - dijo sin medias tintas Dante.

- Es mentira… no creas en lo que te dicen.

A su regreso a Junín, Dante seguía con el pensamientote ser cornudo. Para eso, fueron con Flora al sanatorio a hacerse una ecografía.

- Es un estudio de rutina – le suplicó Flora entre lágrimas.

- ¿Me enseñas la letra “La gata Varela”? – preguntó Dante.

- No la sé…

Para colmo de males, el visor emite la imagen de un ser flotando adentro. Dante optó por distraerse pero 10 cuadras después tuvieron un duro cruce de palabras.

- ¡Al final me tomaste por cornudo Flora!

- No, te juro que fue entre nosotros, jamás haría una estupidez semejante.

- ¿Desde cuando? Desde que yo sé que me acuesto contigo bien cuerdito, a menos que me hagas creer que lo hago totalmente en pedo.

Por detrás, apareció un personaje extraño en la plaza.

- Que idiota sos Dante si no generas capacidad suficiente para hacer feliz a tu mujer ni siquiera engendrando perejil – le dijo sarcásticamente.

A Dante se le desorbitaron los ojos. Luego lo agarró de las mechas.

- ¿¡Qué cornos te importa de los calzones para dentro!?

- Dejalo Dante… - le pidió Flora – igual me haces feliz.

- No pienso ensuciar mis manos en este asqueroso mamarracho.

Como si vivieran un cuento de terror, dos meses después de saber del embarazo, a Flora le creció la panza de golpe.

- Vaya que pasan rápido los ciclos embrionarios…

- ¡Dante… creedme: no puedo más con los dolores! – se quejó Flora.

Observaban pasar por la plaza las mujeres embarazadas y notaban que todas eran “normales”. Flora sentía que en cualquier momento le estallaría la panza de las estrías.

Dos años y medio después, en medio de tantos dolores y un fuerte bocinazo de una RSD-35, Flora dio a luz al ser más extraño que jamás hubieran visto. Tenía una cabeza, dos brazos, dos manos 8 dedos en cada una de las manos, piel color verde y una cola. Ellos debían cuidarlo como un bebé, pero aún no acertaban a pensar y creer lo que veían.

Mandando la vergüenza al piso, cuidaban del ser extraño que les tocó en suerte.

Flora lloraba desconsolada – Dos años y medio mancando esto… ¿para qué? ¿para esto?

Cuando menos lo imaginó, un día haciendo maniobras en el taller de Junín, encontró un compañero con el uniforme de la COOTAJ, con idénticas características.

- ¡No quiero creer que vos asqueroso mutante le engendraste un hijo a Flora…! – le gritó Dante al mutante.

- Si me sigues tratando de mutante, en este preciso instante haré que Flora engendre un nuevo hijito por 5 años.

Rápido como un rayo, Dante se subió a la RSD-35. Simulando hacer maniobras, le pide al mutante que lo acompañe a acoplar vagones. Cuando lo tuvo a tiro, lo pisó. Dante se sintió aliviado. Pero se le ocurrió buscar al mutante: el mutante era Luisano.

- Gracias Dante, me quitaste un peso de encima.

- ¿Cómo? – preguntó Dante sin entender nada.

- Era una rara maldición Dante… - empezó a explicar Luisano - Verás, tú tienes un hijito, era tan asqueroso como yo, ahora cuando veas a Flora, la encontrarás amamantando a un chiquitito de veras.

Fue cierto: a su regreso, encontró a Flora amamantando a un chiquito de veras.

- Dante… ¡Gracias!

- Si Flora, solo que esto fue un cuento de terror…

2003 – 5 años de mí – 2008: El diario de Dante I – Un viaje en el Transiberiano

Observaciones:

- Fantasía

- Todos los personajes son ficticios. Su coincidencia con la realidad es pura casualidad.

3ª parte

Volvimos al camarote pero quedaban los maquinistas, los camareros y un mecánico. Flora me suplica que quiere retornar tan pronto como sea al país, que ya no soporta más este viaje. Y yo también estaba harto.

Las siguientes horas viajeras pasaron en una muy absoluta y normal calma, hasta que volvimos al comedor. Yo fui a lavarme las manos y ese fue un instante fatal: uno de los camareros se llevó a Flora. Pues mejor dicho, la secuestró. Y manda con el otro camarero un mensaje mafioso: el mismo era el corpiño de Flora. Hijos de su madre mal paridos, estaba podrido.

Cuando abro la puerta del coche clase tercera, creo, el mecánico abrió una balacera indiscriminada contra el pasaje. Yo me salvé porque me quedé en el pasillo, del lado de la puerta. Por suerte, tenía conmigo una cuchilla y una navaja, caso que tuviera que hacer cagar fuego a alguno, me iba a servir.

El mecánico me estaba buscado a mí. Y yo buscaba a Flora.

Ni bien asomó la cabeza el muy ladino, yo lo tomé de los pelos y lo sacudí afuera del tren. Solo ví que cayó en el helado lago por el cual estábamos pasando. Eso me calmó un poco.

***

Me metí en ese campo de guerra que era el salón de tercera clase. Los pocos que habían sobrevivido a esta balacera a mansalvas agonizaban mal, la mayoría tenía agujeros por donde no se los quisiera encontrar.

Llego al comedor y estaba con llave. No se veía a nadie pero alcanzo a oír unas vocecitas. Usando la técnica de un alambre, la navaja y la sevillana que le saqué a un muerto de la tercera clase, desarmé la cerradura y abrí la puerta de una patada.

Entré sigilosamente hasta que llegué a la cocina. El revolver que habían olvidado tirado me vino anillo al dedo. Solo me faltaban las balas. Y las encontré detrás de un mostrador.

Cargué el revolver porque iba dispuesto a reventarlos a todos a los tiros. Llaman a la máquina para saber el tiempo de demora en llegar a Moscú, pero faltaba bastante… es decir, el bastante era mucha distancia, unos miles de kilómetros.

Supuestamente ya hace bastante temdríamos que haber regresado a Moscú y embarcado en el avión, cosa que no sé de qué forma me embarcaría en el próximo vuelo, pero más importa estos atorrantes.

Me armé también una boleadora con dos bolas de plomo. Solo a un trompeta se le ocurrió asomar las narices y así le fue de la paliza que le dí. Lo dejé a la vera de la vía pero quedaba solo un camarero.

Pacientemente esperé. Qué sucedía adentro, no sé. En un momento escuché un balazo y un grito. Pensé que el tipo había matado a Flora, pero cuando abre la puerta y veo a ella, respiré aliviado.

Volvimos al camarote a acabar el resto del viaje.

***

Con todos fuera de circulación, los maquinistas no representaban ningún peligro. No sé que diría la empresa cuando viera que el tren, más que tren, había pasado por un campo de batalla.

Aproveché a hacer todo lo que no pude hacer: me devoré dos libros, el primero, “Quiero escapar de Brigitte” en un planeta de mutantes. Y el segundo, “Crónicas del Ángel Gris”.

Por la noche, los que ocupaban el camarote contiguo se les ocurrió pasar un momento agitado. Pero un cosa era hacerlo en silencio, otra diferente era que los vecinos lo supieran! Me pregunto si los rusos hacen el amor diferente a lo que lo hacemos los argentinos.

¡Por fin tocamos la última estación! Sentí una profunda alegría haber llegado nuevamente a Moscú. Por si las moscas, me escondí el revolver en mis ropas.

Escondidos en dos columnas, los maquinistas empezaron a disparar a espaldas nuestras. Nos refugiamos detrás de un banco de cemento.

Bajar al primero no me llevó trabajo alguno. El segundo era más duro que una roca.

Justo se me acabaron las balas y en el momento que hacía la recarga, el tipo llegó hasta mi escondite. Nos apuntó a los dos, con un revolver en cada mano. Abracé a Flora porque no tenía derecho a perecer de esta forma. Y en ese preciso instante, un alguien dispara y el maquinista cae muerto. Le habían dado un tiro justo en el medio de la sabiola.

El que lo hizo tiró el arma al suelo y se acercó a nosotros. Nos tendió sus dos manos y nos levantamos del suelo.

Nos dirá que hace años estaba esperando matarlo, al igual que varios compañeros. Que hacía unos años le voló su casa con una bomba matando a su familia entera. Y yo le diré que el resto me encargué de sacarlos del medio en un viaje de pesadillas.

***

Decidí no volcar en el diario mi viaje de regreso, porque esto no tuvo nada de placentero. Solo sé que cuando pisé el Martita, mi querido Martita, casi más le doy de besos… un poco loco ¿no? Parece, pero entre la mafia rusa y los chorros argentos, me quedo con lo argento, por lo menos, sé que baile estoy haciendo.

Ah, y a mi vecino Ernesto, en Junín, si le llevé varios regalos: las armas, las boleadoras y la dinamita. Solo para que viera que el viaje no tuvo nada de placentero.

2003 – 5 años de mí – 2008: El diario de Dante I – Un viaje en el Transiberiano

Observaciones:

- Fantasía

- Todos los personajes son ficticios. Su coincidencia con la realidad es pura casualidad.

2ª parte

Me tomé una ligera siesta que acabó siendo un sueño pesado. Desperté con un mareo que al intentar erguirme, terminé contra la puerta. Tenía mi cabeza que se me partía en mil cachos del dolor agudísimo. Por favor, acá sí que no pude contenerme y empecé a putear a Ernesto como nunca lo hubiera hecho. A los pocos minutos alguien golpeó la puerta. Cuando abro, alcanzo a ver que era el inspector que, en ruso vino a recriminarnos que tuviésemos la buena conducta, o que nos expondríamos a que nos echaran del tren. Entre pelos y señas pudo comprender que estaba mareado. Así que vuelta vino el camarero con otro brebaje más amargo que el anterior. Lo mandé como haberme mascado un sapo, de un gusto asquerosísimo y acabó siéndome una anestesia por unas 12 horas…

Al cabo de ese tiempo desperté y me dí cuenta que Flora no estaba. ¿Qué había pasado? Pensé que estaba con otros conversando, entonces, no tenía de qué preocuparme. Cuando salgo del camarote, el tren había parado en un paraje desolado en el medio de la Siberia helada. Hacía un frío de cagarse pero me preocupaba Flora. Cuando me topo con el inspector, le pregunto si no vió a Flora. Él me dirá que no vió absolutamente nada, pero antes de salir del vagón, un pasajero de la tercera clase me dirá que el inspector sabe más de lo que me dijo. Que tuviera mucho cuidado con el personal porque… son algo mafiosos. Yo pensé que era un cuento, pero pasaban los minutos, luego se hicieron horas y Flora no aparecía. Ahí me acordé del pasajero que me aconsejó que increpara al inspector, que sabía demasiado.

Fui tras las huellas del inspector pero me dijeron los mecánicos que se había bajado en el paraje desolado. Estaba perdido, pero no tanto cuando por un ojo de buey ví a Flora. Corrí hasta allí pero alguien de atrás me puso un cuchillo en la yugular. ¿Por qué tanto sufrimiento en un viaje de placer? No lo sé, no encontré explicación. Quería llorar, pero si quería a Flora, me obligó a interceder en la empresa estatal ferroviaria para que no despidieran al personal del tren.

Pues… apelé a mi política de delegado, la de defender a los trabajadores, pero me causaba mucho dolor e impotencia defender a delincuentes, y por mi esposa, lo tenía que hacer.

***

En el segundo paraje desolado, aproveché para llegar a la máquina. Me supuse que el teléfono sería una salvación, un hilo para pedir auxilio al lugar más cercano. Ni bien logré establecer la comunicación y relatar lo que me estaba pasando, percibí que a la línea la habían pinchado. Algo me llevo a pensar que estaban escuchando mi pedido de auxilio. Estaba decepcionado, la desesperación estaba a un paso y el maquinista, que quiso mostrarse muy amable conmigo, percibí que era tan cómplice como los demás que integran la dotación. Quiso consolarme como la madre a su hijo, pero nada me haría quitarme de mi mente mi querida y amada esposa. ¿Qué le estarían haciendo? ¿Qué y qué…? Varias preguntas al mismo tiempo y cero respuesta.

Él me continuaría meciendo cuando de golpe salí de la cabina, bajé justo en otro paraje tan desolado como los anteriores. Pero en vez de hacerlo en los coches de pasajeros, se me dio por hacerlo en el único vagón porta cereal. Tomando todos los recaudos posibles, subí al techo y, gracias a una endija en el techo, encontré la respuesta a lo que buscaba: el inspector no se había bajado en ningún sitio, estaba ahí, con una ametralladora apuntando a Flora como si ésta fuera la delincuente. También estaban los camareros, el guardatren, los mecánicos y uno de los maquinistas. ¡Todos parecían asociados en esta mafia de despedidos! Hete aquí que debía apelar a mi cabeza sin negociar un laburo, lo que sí transaría sería que los mandaran a la gallola.

***

Lo primero era lo primero y consistía en sacarlos uno por uno del medio. ¿Y qué señuelo les mando? Justo se me prendió la bombita y me fui derecho a la máquina, mi objetivo era fraguar un desperfecto técnico y, con astucia y buen sudaca que soy, abrí la puerta del motor y, con mucha precaución y elegancia, con una navaja hice unos elegantes movimientos que luego se tradujeron en unos serios cortocircuitos. Luego cerré la puerta mientras el motor mandaba unos chispazos, pero tranqui, mi plan iba viento en popa. Volví al techo del vagón donde estaba toda la manga de mafiosos y sentí una enorme satisfacción ver que la locomotora se estaba incendiando. Todo iba perfecto. Y pararon.

Los mafiosos salieron todos excepto el inspector que quedó de vigilante, sin desprenderse de esa maldita ametralladora. Aprovechando esa distracción, yo me metí adentro y por detrás, con un movimiento rápido y certero, el inspector acabó quitándose la vida asimismo. Yo desaté a Flora y rajamos rumbo al camarote a seguir el plan, porque para completarlo, no bastaba con sacar al inspector del medio, había que sacarlos a todos. Flora, algo aliviada, me dice “¿Muerto el perro se acaba la rabia?”. Me quedé pensativo y luego le dije que sí.

Dormir tranquilos, ni en pedo, aunque tuviésemos el camarote cerrado, tipo un fortín. Y encima con una ametralladora…

Nos turnábamos de a 2 horas. Flora espió por la cerradura y vió las mismas caripelas. ¡Nos estaban vigilando! A pensar en un plan urgente.

***

En un papel, planeamos la huída. Por suerte, la ventanilla es de las que se levantan. Salimos por ahí, Flora casi se cae del tren pero la caminata por el techo con la nieve cayendo encima nuestro era peor que una expedición al Polo Sur… estábamos congelados al mango y nos fuimos al furgón, donde nos metimos en una caja desculada. En la siguiente parada, no sé, creo que tuve la impresión de estar en alguna isla helada perdida en el ártico. La línea estaba muerta. Sigilosamente, fuimos hasta la puerta y los rusos sabían de nuestra presencia, así que empezó la balacera… llegó la policía y todos rajamos en el tren. Para colmos de males, el único ferroviario que hallé más amable e inocente conmigo, al guardatren, resultó ser tan delincuente como los demás.

En una salida al baño que hice, Flora me esperó en la puerta. El guardatren sabía mis movimientos y aprovechó para llevarse consigo nuevamente a Flora. Pude saber que eligió mal el sitio, los gritos me llevaron derecho al camarote. Esos largos y tensos minutos me hicieron pensar que él la maltrataba. Cierto. Cuando huyo, Flora abrió el camarote. Entré corriendo, agitado, desesperado. Me abrazó. Lloraba desesperada. Me dirá que él se zarpó. Al inicio no entendía, pero acabé comprendiendo que él había abusado mal. Y me estaba rayando mal…

Maldito hijo de puta y por varios si los había, los tendría que haber hecho cagar fuego desde el inicio mismo. Ya ni sabía que número de día hacía que estaba en ese tren y que el viaje, lejos de ser de placer, era un infierno.

***

Un curandero que encontré ahí, le pude contar mis penas. Y me dirá que los motivos por los cuales he estado tan mal fueron muy simples: habían querido envenenarme. O sea, que me muriera. Que bueno, el tiro les salió por la culata.

En el camarote, cuando podía hallar dos segundos de paz, Flora se sentía mal. Y lo estaría así por varias horas. Me quería cortar las venas. Y nuevamente el curandero apareció, para darme unas soluciones caseritas.

Fueron un alivio, pero no el final. Después me dirá de un atraso. Yo casi me cuelgo, porque no tenía tiempo de ilusiones si debía hacer otra cosa primero: deshacerme de esta manga de mafiosos.

Lo tomé a la ligera y alguien golpeó fuerte la puerta del camarote. Recordé que tenía esa maldita arma pero al mismo tiempo pensé que de algo debía servirme. Me escondí detrás de la puerta y Flora abrió. Supuestamente no había nadie pero sorpresivamente el camarero, otro buen mafioso, entró al estilo asaltante. El hijo de puta empujó a Flora hasta que cayó al suelo y yo, para evitar que fuera a matarla – ya tenía la pistola afuera – fui un poco más ligero y le gané de mano. Lo hice cagar fuego.

Este hijo de perra se tenía otras intenciones. Alguno me había chiflado que quería envenenarme así me moría. Y a Flora la querían como una puta barata.

***

Los siguientes días en el Transiberiano fueron algo pacíficos. Pero más me late que era la nieve y el frío extremo el que los tenía quietitos. El día ¿8? Cuando me apersono en el comedor, se desató una balacera infernal. Me mandé al suelo y arrastré a mi esposa hasta el pasillo.

Arrastrándonos como los reptiles llegamos hasta el camarote. Por la ventana alcanzo a ver un misero poblado y pienso que va a ser un remedio santo. Que de hecho lo fue. El tren paro y todos aprovechamos para aprovisionarnos de lo que fuera.

Comida y alguna buena ginebra hubiera sido lo que hubiera deseado tomar y comer, pero fui derecho a la armería a comprar algunas cosas, en especial, dinamita y cables. Eso me consumió unos cuantos rublos, pero si eso al menos servía para sacar del medio a esta manga de delincuentes, bienvenido era.

Regresé al tren, por cierto, el frío que hacía era tan insoportable, que tuve que mandarme una ginebra. Algunos pasajeros me advierten de que Flora está mal. Luego me dirá ella de los males, los mareos y las nauseas. Pucha que no era el Tren de las Nubes, pero que estábamos fritos, seguro.

Mientras Flora seguía con nauseas, yo trataba de fabricar una suerte de explosivo. Y por allá se durmió. Yo hacía cuentas y números hasta que en el momento menos indicado el tren se detuvo. Ah, debo aclarar que a esta altura, ya teníamos que estar de regreso pero íbamos con un buen retraso, así que recién estábamos pegado la media vuelta.

¿Y qué con los chinacos ojos tirantes? ¿coreanos tal vez? Me hubiera venido anillo al dedo saber un poco de patadas voladoras, así le volaba las partes íntimas de una soberana patada y se hacían una ligera siesta.

Esa parada en la frontera con los chinacos fue la peor de todas. Irrumpieron los chabones, justo me salió chamacos enfundados en uniformes asquerosos, armados hasta los dientes y violentamente nos hicieron bajar del tren. Flora no podía más y yo tenía ganas de volar el tren en mil cachitos. Pero después me doy cuenta que haber bajado del tren fue una buena acción, miré de reojo el teléfono y haciéndome el sota, me acerqué a él y llamé por teléfono a Ernesto.

Le pedí un SOS, pero no sé si me entendió. Para mí que del frío intenso, la línea estaba hasta congelada. Colgué, me dí vuelta y el hijo de puta del mecánico me apunta a la cabeza con el revolver y destraba el gatillo. Estaba jugando conmigo a la ruleta rusa. Por suerte, el tiro no salió.

Yo salí corriendo y él me persiguió hasta que me dio alcance. No podía hacer demasiado contra un grandote que me aplastaba como una hormiga. Mi querida Flora se animo, tomó un pedazo de riel y se lo dio por la cabeza. Cayó pesado como una bolsa de papas. A mi costado veo un charco de sangre. Flora me dice preocupada que le partió la cabeza, y en realidad, se la hizo bolsa. En definitivas, uno menos.

***

Continua en la 3ª parte

2003 – 5 años de mí – 2008: El diario de Dante I – Un viaje en el Transiberiano

Observaciones:

- Fantasía

- Todos los personajes son ficticios. Su coincidencia con la realidad es pura casualidad.

1ª parte

Por una vez diría que estaba por disfrutar de unas merecidas vacaciones. ¿Y qué? Todo el año llevo y traigo pasajeros en el Martita. Con mi señora, Flora, no habíamos hecho planes de ninguna especie, hasta que se nos ocurrió una de último momento: salir de viaje a Córdoba capital. Hasta ahí, todo marchaba sobre rieles, cuando inesperadamente un vecino mío, Ernesto, allá en Junín, me regaló su pasaje en el tren. Yo pensé inicialmente que estaba loco, por eso desconfiamos, pero diré que tenía un buen motivo para dármelo. Por empezar, acusó a último momento andar con problemas en el hígado – él es un pan de Dios pero cuando toma… toma hasta el jugo de los ladrillos y no hay tren que lo pare -, así que me dio el costoso pasaje y punto. Cuando caminé esos 70 metros de mi casa a la de mi vecino Ernesto, pensé que podría tratarse del Tren de las Nubes o La Trochita. Ernesto me dirá que es uno que da por suerte la vuelta al mundo. Pensé en El Expreso de Oriente, otro que expreso de lujo, pero hay que tener los billetes uno arriba del otro! Pues nada de eso era. En mis manos tenía un pasaje clase camarote para… el Transiberiano. ¿¡El Transiberiano!? ¿Y qué es eso? ¿Acaso me internaría en un tren que es como dar la vuelta al mundo en 180 días? Cuando lo vió Flora, terminó con un ataque de nervios, pues a decir verdad, no disponemos del dinero suficiente para un viaje de esa envergadura.

Si no fuera porque Ernesto fue aún más obstinado, me regaló también su pasaje aéreo. Tenía todo listo para partir y muchas ganas de llorar porque no podía salir. Yo tenía un sentimiento ambiguo, pero mi vecino me metió todos los pasajes y las reservas hoteleras en el bolsillo. Ah, el día que lo ví en Retiro me llevó de las narices a hacer el pasaporte, no sé como lo tuve en tiempo récord… ¿cuánto me estaba costando esta joda? Hasta el momento, la módica suma de 34 dólares… una buena parte de mis ahorros del año. Flora hacía más cuentas que todos los contadores de Junín…

***

El día de la salida, estaba como el culo. Por empezar, llegar a Ezeiza fue un verdadero infierno. A los piqueteros ese día se les antojó hacer un piquete por el mero hecho de romper los huevos, ya me puso los pelos de punta, así que nos bajamos del auto y caminamos los 3 kilómetros que nos llevaban por asfalto al aeropuerto.

Pasar las maletas por la cinta transportadora podía resultarnos una acción muy inocente. Ernesto nos acompañaba, hasta delante de nuestras narices encerraron nuestras valijas en un film transparente hasta que se fueron adentro… obvio que no llevábamos droga ni nada por el estilo, eran nuestras cosas personales, muy inocentes.

La salida de nuestras maletas de aquel cuarto oscuro me hizo sentir un cierto alivio. Bien no recuerdo porque se me ocurrió buscar un abrigo en una de ellas que la abrí y me llevé una sorpresa desagradable: la cámara filmadora, digital, no estaba. Pensé que yo tenía una muy mala memoria y que requería un tónico para ella, pero consultando con Flora, estaba en lo cierto: en el hueco que estaba libre, estaba la cámara y faltaba. No estaba loco, pero sí me agarró la chifladura porque había pagado los malditos 120 dólares de una maldita tasa de embarque cuando somos los únicos pelotudos del mundo que pagamos esa basura!!!!!!!!!

Obviamente que no nos íbamos a quedar con los brazos cruzados, así que enfilamos con nuestras maletas al mostrador a que nos dieran una explicación sobre la filmadora que faltaba. El empleado, con cara de naipe, me dio una explicación burda, imposible de ser creída! Ahí sí que me salió el indio Miranda (Así me conocen mis compañeros del laburo cuando me reviro mal) y casi me voy a las manos… como había que aquietar el despiole, uno de policía aeroportuaria nos llevó hasta un cuarto donde pudimos reconocer nuestra filmadora. Ya sabía que, de ahora en más, la filmadora la llevaríamos con nosotros encima, pues no sabríamos que otra sorpresa podía seguir deparándonos el viaje…

Con la filmadora con nosotros, nos sentimos satisfechos y, con la más absoluta tranquilidad abordamos ese avión que nos llevaría con destino a Moscú. Ernesto se quedó mirándonos hasta que seguimos por el pasillo que nos conduce al avión. Ahí se marchó de vuelta a Junín con la promesa de que lo llamaría en cuanto llegásemos, sea la hora que fuera.

***

Jamás en nuestra vida nosotros habíamos pisado un avión hasta ahora. Me pregunto todavía los motivos sobre los cuales aceptamos hacer un viaje a las tierras heladas rusas. Nos hubiera dado lo mismo pasar unas buenas vacaciones en nuestra tierra que salir al exterior, bah, sin un mango no vas ni a la esquina… me generaba una sensación nunca sentida eso de los motores acelerando a todo y volando como aves… Flora se ató el cinto de seguridad como si ante una eventual catástrofe la fuese a salvar. Bueno, estaba aterrorizada, en cambio yo, me até el cinto, cerré mis párpados y no supe más nada qué sucedió en esas horas en las cuáles cruzamos varios husos horarios.

Entonces fue como yo le saqué por unos momentos el diario a Dante. Estaba, dicho con todas las letras, cagada hasta las patas. No entiendo como mi esposo Dante dormía como si nada, todos dormían, y yo era la única que estaba al borde de un ataque de nervios… aunque creo que en lugar de escribir nervios encaja mejor la palabra pánico. Desde que despegamos de Ezeiza lo único que hice fue pensar en todas las catástrofes aéreas acontecidas y en todos los muertos ¡Y Dante duerme como si nada!!!!!

Allá a las perdidas me dormí con el diario y la birome en la mano…

Cuando desperté y ví a Flora dormida con el diario, sigilosamente se lo saqué sin que se diera cuenta y ví que algo había escrito. Lo leí y punto.

Por ahí viene la azafata con la comida o algo parecido. De hecho, si no fuera porque era gentileza de la casa, si la hubiera tenido que pagar, hubiera optado por los mates que tomo en la cabina cada vez que salgo de viaje. Con Flora no vamos nunca a restaurantes pero las veces que hemos comido en esa clase de lugares, ya sea por viaje en el hotel, diré que esta era horripilante. Reconozco que me gusta alguna vez comer un bocado de fideos con un lindo tuco pero este no sé… ni siquiera habían tenido habilidad para comprar unos Punta Mogotes con espinaca y una salsa de esas que vienen elaboradas, le das unos pequeños toquecitos y… listo. Un buen tuquito pipí cucú.

Como me trajeron el plato, cuando ví a la azafata regresar con la mesita con ruedas la atajé. Le pedí que me cambiara los fideos por una tazona de café con leche y azúcar, con unas rodajas de pan tostado, si era posible de que hubiera. La cara de la tipa se transformó: de esa leve sonrisa de atención al pasajero abordo cambió por una de certero desprecio, con la mirada clavada en mí me mandaba varias indirectas, traducidas en “Loco de mierda”. Menos mal que no me tocó oír su pensamiento, pero yo no me quedé atrás. Y ahí me salió el Indio Miranda, con la diferencia de que pude largarle lo que quería decirle. Lo que dije, era lo que sentía “¿Me vas a hacer el café con leche o tengo que ir yo a la cocina a hacérmelo?”. Muda, al rato me trajo el café con leche. Doble viaje tuvo que hacer cuando, al estilo de cacique – indio le recordé que el pedido estaba incompleto. Por idiota hizo tres caminatas, una a traer el azúcar y la otra con el pan tostado. Eso sí, que me rajó a puteadas, seguro, me importa un soto.

***

Menos mal que el copiloto anunció por el micrófono que habíamos aterrizado en Moscú. Internamente tenía una rara sensación, imaginaba que afuera era de noche, bueno, es que mi reloj daba como las 3.27 de la madrugada. A ver, la sensación que tuve fue que crucé medio mundo a bordo de un avión. Cuando salí afuera, es decir, al pasillo, grande fue la sorpresa porque en Moscú… ¡era de día! Pero… ¿cómo podía ser que acá fuera de día si en Junín es plena madrugada. Ah, por si algo había que rematar, todo el mundo habla no sé, una lengua distinta a la nuestra. O a lo mejor éramos nosotros que teníamos conversaciones de chinos… todos los carteles estaban escritos en una simbología imposible de entender, me agarró un ataque porque “¿qué demonios vine a hacer acá?”. Ahí sí que le desee la muerte viva a Ernesto mi vecino…

Lo primero que quería era un teléfono. Entre pelos, dibujos y señas, me indicaron donde encontrar un teléfono. Por fin lo tuve a mano, discar ese maldito número me costó un perú. Flora no voy a decir cómo estaba, si no me mataba era porque se iba en cana. Cuando logré establecer la comunicación, solo le salieron unas palabras para Ernesto “¿Dónde nos mandaste de viaje maldito de porquería?”. Sobrada razón tenía.

Cada cosa era hacer un curso hiper acelerado de lenguaje de señas. Nos tomamos un taxi que yo creo que nos hizo dar la media vuelta en toda la ciudad porque nunca un viaje me había costado tan caro… ¿o será que la moneda está muy devaluada? Sea lo que sea, que costó un platal, seguro.

***

Esta Rusia no sé, huele a mafia, comunismo… radiactividad… cosas raras del otro lado del charco. Al día siguiente nos fuimos con Flora rumbo a la estación, por suerte, el conserje del hotel nos mandó que nos tomásemos el Bondi a la esquina ¡Por fin una al derecho!

Cuando llegamos a la estación de trenes, no sé, pero el edificio olía a viejo. No estaba nada mal la construcción, es más, tiene mucho que envidiarle Retiro! Adentro, atravesamos el gran hall hasta el andén donde estaba el tren. Solo unos escasos pasajeros se embarcaban en él, fue lo que ví, pues dos coches dormitorios, dos vagones de pasajeros y el resto para carga. Entonces miro el pasaje y alcanzo a ver que era un viaje tipo circuito de ida y vuelta a Moscú.

Cuando llegamos a nuestro camarote, no voy a decir que era el lujo, pero bastante modesto. No pasaba más allá de un camarote argentino.

El tren salió con una hora de retraso, cosa que me hizo recordar inmediatamente que estaba por dos segundos en Argentina.

Al rato vino el guardatren pidiendo los pasajes. Le pregunté, como pude, cuánto duraba el viaje. Y en ruso me contestó 12 días, pero como no le entendí, escribió en el boleto el número 12. Con el dedo índice le señalé el número escrito y me quedé mirándolo como queriéndole decir “¿12 días a bordo del tren?”. El guardatren me hizo un gesto como diciéndome “Y bueno viejo, desde el momento que adquiriste este pasaje sabías las reglas del juego”. Después pasó el camarero avisando que se podía pasar al comedor.

Haber ido al comedor fue la peor acción que hice. Me sirvieron una especie de palitos crocantes, pero bien picantes con unas tajadas de queso gruyere, para entrar en calor. Con Flora optamos por volver al camarote y… ¡pa´ que vi’a contar! Esos malditos palitos fueron como haberme comido una dinamita! Me cayeron tan como el culo del que los cocinó que, menos mal que había escondido un balde, inicialmente pensé que no quedaba bien que estuviera ese balde ahí pero cuando me pasó lo que me pasó, agradezco al amigo que lo dejó ahí. Terminé hecho pelota ¿médico? Pues… golpean la puerta, Flora abre y vé que era el camarero. No quería que se preocupara, pero fue a buscarlo y trajo una bebida rara para pasar el mal momento. Después de todo, el raro trago funcionó y volví a quedar 0 kilómetro.

***

Continúa en la 2ª parte