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viernes, 20 de marzo de 2009

Camarote 5

Una fría noche de julio del año pasado, justo reciencito el tren había llegado a Córdoba desde Retiro, con un importante atraso en su horario. Al pasaje mucho no le molestaba el llegar fuera de hora, quizá, porque es la costumbre de un país como Argentina andar sin horarios. Claro, en los trenes de larga distancia más específicamente. Todo estaba en calma y quietud, el pasaje dormía y con el sueño pegado, pisaban el andén. El viento castigaba duro en la cara y unos nenes tiritaban de frío. Y el inspector Andrés Tavella los veía a todos alejarse. Excepto una mujer que se quedó mirando una ventanilla del coche dormitorio.

Muy pocas cosas se sabían de este hombre: 37 años recién cumplidos, cinco de divorciado antecediendo dos de separados. Pero aún compartía su hogar con su ex. En el trabajo se había ganado un cierto respeto, marcando los límites suavemente. En su haber casi no se le conocía que hubiera multado a alguno, sí los llamados de atención. Justo de palabras, parecía medirlas. No menos atento.

Esa noche, por esas cosas de la vida, a pesar del crudo frío, se quedó observando a la mujer. A su gusto, era preciosa. Cabellos castaños con un corte en degradé largo, tez morenita, una bonita figura estilizada pero con un montón de abrigos encima. Encima la miraba por la espalda. Tenía una campera de corderoy marrón, bufanda verde, pantalones de jeans color rojo y unos borcegos negros de caña alta.

Sí, a Andrés lo estaba tentando aquella mujer, pero optó por quedarse en su sitio y hacer de cuenta que nada pasó.

Se mete la mano derecha al bolsillo del pantalón cuando se le acerca la mujer a la cual había estado observando.

“Disculpe… ¿sería mucha molestia si puedo ver un camarote por dentro?” – le solicitó.

Andrés miró a la mujer y se sorprendió por el pedido “Vaya pedido raro de un pasajero… en fin, acompáñeme”.

La mujer acompañó al inspector Tavella al camarote. Eligió el número 5 porque sabía que era el único que había salido vacío desde Retiro. Con la llave giró la cerradura, abrió la puerta “Adelante, pase” – le indicó.

“Gracias” – le contestó e ingresó al camarote. Le dio una mirada superficial y sus ojos se fijaron en la ventanilla.

Andrés cerró la puerta “Hace mucho frío afuera, tenga una visita confortable”.

Como si hiciera un tour, Tavella le fue mostrando los rincones del camarote. Por su cabeza, iba tejiendo un plan. La cama la dejaría para lo último.

Hasta que cuando llegaron a la parte de la cama, pícaramente Andrés le pidió: “Acuéstese así siente que tan mullido es el colchon”.

“¿Usted lo probó?”

“Alguna vez”

“¿Y qué tal?”

“Como todo. Claro, algunos colchones parecen que no duermes sobre ellos, sino sobre el elástico de la cama”.

“¿Duermen en una colchoneta?”

“No es eso. Es del uso. Piensa que no todos los que pasan por los camarotes tienen pesos como usted y yo. Hay pasajeros que denotan un claro exceso de peso y vienen a estos habitáculos, pero no se lo puedo impedir. La empresa tampoco”.

“¿Un visitante?”.

“Dos segundos no son nada”.

“De seguro que duermen en todo el viaje…”

Andrés se sentó en una silla “Cuando te metes en el camarote, a menos que por algún motivo de fuerza mayor o a pedido del mismo pasajero, durante el viaje ninguno del personal está autorizado a entrar. Ahora lo hacemos porque el tren está acá vacío. Solo nos podemos limitar a golpear la puerta y punto. Ahora, siempre suponemos que ahí dentro lo que hacen en la mayor parte del viaje es dormir, pero… pero hay una frutillita en el postre, en especial cuando van parejas y novios. Piénsalo dos segundos”.

“¿Y qué siente cuando los escucha?”

“Mira, uno no es de piedra. Yo no los veo, los imagino simplemente. Pero bueno, yo tengo que trabajar y punto, aunque a veces ese tipo de situaciones son un tanto incómodas, si debes hacer algún llamado de atención y descubres esa situación. En fin…”.

Y se quedaron en silencio. Andrés aprovechó para seguir observando aquella mujer que estaba acostada. Se daba cuenta que algo raro le estaba pasando por su interior. Hasta que se animó y le pasó dos dedos por la mejilla derecha. De ahí saltará por todo el rostro. Ella, en silencio.

Bajó sus dedos por el cuello para finalmente con ambas manos tomarle el rostro como sujetándoselo, le pasó la punta de la nariz sobre la de ella y, con sus labios apenas le rozará los de ella. Apenas tomó distancia para ver la reacción de la mujer.

“Disculpe inspector si mi visita aquí ha servido para elevarle la testoterona. No ha sido mi intención ponerlo en una situación incómoda” – se disculpó la mujer.

Andrés la miró de fijo a los ojos “Situación incómoda sería si esto lo hiciera en pleno horario de servicio. Fuera del trabajo, despreocúpese”.

Así fue como él la tomó de una mano a la mujer, ésta se levantó de la cama y ambos quedaron enfrentados. La llevó contra una pared para besarla apasionadamente. Mientras, aprovechó para quitarle el grueso suéter que ella tenía puesto encima.

Como pudo, ella le quitó el saco. Andrés le puso la gorra a la mujer. Y se siguieron besando.

En tanto, Andrés iba abriendo la camisa de la mujer despacito, botón a botón. Le tuvo que sacar la gorra para poder quitarle la camiseta.

Ella estaba hermosa, saber el nombre era lo de menos. Lo que al inspector más le importaba era poder desvestir a su ocasional compañera.

Al final se terminó quitando la camiseta y los borcegos. Andrés le desabrochó el jean y suavemente se lo fue bajando hasta dejar que sola la prenda siguiera descendiendo hasta el suelo.

Andrés se quitó los zapatos y el suéter, tomó de la mano a su compañera y se tumbó junto a ella en la cama, siguió besándola y, como pudo, le quitó su sutién.

Siguieron besándose con pasión. La mano de Andrés siguió recorriendo el vientre y finalizó en el muslo, con suma suavidad. Ella seguía besándolo con suavidad y pasión, como si éste fuese su novio.

Nuevamente, la mano de Andrés empezó a subir hasta llegar nuevamente al muslo, hasta la mitad, donde la piel conservaba cierta tibieza, tacto suave, casi terciopelo, él sintió una erección.

Llegó a lo más íntimo de su compañera y se la acarició, excitándola. Ella lo abrazó al inspector y volvió a besarlo con pasión… y más pasión. Los dedos de Andrés no paraban de tocar la parte sagrada de ella, su intimidad. Le quitó la única prenda que le quedaba y siguió metiendo mano en ella, tocando y excitando a su compañera, estaba a punto de humedad y sus dedos resbalaban en aquel sitio. La miró y ella estaba tendida con la boca entreabierta, dando pequeños suspiros de placer y los ojitos cerrados.

Pudo tomarse dos segundos, suspirar, para abrazar al inspector, y susurrarle al oído:

“Por favor, llama a tu compañera Julia”

“Julia… yo soy el inspector Tavella”

Le pasó la mano por el pecho, sobre la camisa “Seguro que tienes un bonito nombre”

“Andrés”

Apenas se separaron, él se quitó la camisa y la camiseta, se bajó totalmente el pantalón y su prenda interior.

Y los dos quedaron frente a frente. Y la abrazó como si ésta fuera su propia mujer.

“Haz de cuenta que estás con el novio que nunca tuviste” – le musitó.

Nuevamente se fueron a la cama. A esta altura, ella se dejó caer, rendida a su compañero eventual. Abrió sus piernas y, dando un toque de humor, le soltó Tavella “La cena está servida cariño”. En realidad, él estaba excitado.

A decirse verdad, sin ninguna clase de prisas, se tomó el tiempo del mundo para penetrarla. Con suavidad y mucho cariño. Sintió perfectamente la humedad de ahí abajo, pero en dos segundos de conciencia de pensar en lo que podría pasarle, pensó “Las cartas están echadas”.

No supo nunca qué pensaba ella, solo sabía que la estaba pasando muy bien. Que se abrazaba muy fuerte al inspector Tavella, pero no gritó ni gimió. Se tuvo en el más absoluto silencio. Los dos.

Despacito. Suavemente. Sin prisas ni pausas.

Ambos cuerpos parecían pegados el uno al otro. Un par de desconocidos. Entregados al placer en ese momento. Iba en aumento.

Su compañera sintió como el semen de Tavella le bañaba las entrañas, en tandas. Se miraban como si fueran dos tortolitos.

Exhaustos, abrazados y aún así, se miraron.

“Estuvo hermosa la cena Andrés”

“Sabía que la pasarías lindo”

Eso sí: las sábanas de la cama estaban todas manchadas.

“¿Qué puedo hacer por las sábanas?” – preguntó ella.

“No te preocupes, las repondré yo” – soltó Tavella.

En realidad, era imposible dejar esas sábanas tan manchadas para que las limpiaran en la empresa. Trajo unas en reemplazo de las que había.

Unos meses después, volvieron a verse en Buenos Aires.

“¿Te acuerdas de mí?” – le soltó ella.

Andrés la recordó por lo sucedido esa noche en el camarote.

“Obviamente que sí, en especial porque quisiste saber cómo era un camarote y por lo que hicimos después”

Entre idas y vueltas, le contó que esperaba una hija. Y no la pudo soltar de ahí. Lloró como un niño, y le dijo “Como vivimos en un mundo lleno de crisis, merece llamarse Amparo”

Y así fue.

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