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jueves, 27 de marzo de 2008

Los cuentos de Bolívar y María Eugenia XCVI: Los soles de Pico – Un relato de Carolina

Antes de partir en un viaje a La Pampa, Cañuelas me pidió que fuera a ver el cajón de 9057. Yo pensaba en el camino que ese cajón del que me hablaba Cañuelas era uno de esos que usan para enterrar muertos. Me asustaba pensar que me iba a topar con esa escena, creía que estaba por ver un cajón en varias divisiones y en cada una de ellas tuercas, cables, tornillos y todo lo que se ocurriera.

Repetía “9057”, “9057”, “9057”... Ya parecía loro repitiendo mecánicamente ese número pero lo hacía porque temía olvidármelo.

“9057”, “9057”, “9057”... a cada rato, bah, a cada paso. Menos mal que las vías me llevaron solitas donde me dijo Cañuelas que debía tomar un desvío. Claro, yo en vez de meterme en un desvío hice un atajo.

Bueno, desde ese atajo llegué. Pero me quedaba por conseguir eso que Cañuelas me dijo: el cajón de 9057. Aunque antes que buscar eso, algo se me vino encima, no era que estaba intoxicada ni que no tuviera humor, lo que pasa es que me vino encima otra imagen tan desoladora como ver a las hermanas de Cañuelas en todos los estados que se pudiera pensar. Es entonces cuando pensé que yo digo que sueño pero hay algunas que ni siquiera sueñan... es que los sueños les pasaron por arriba porque saben que el maltrato es parte de sus vidas y que la muerte es un concepto tan instalado que terminan dando rienda suelta a las supersticiones.

Con esa escena pensé que ellas deben cantar “Un pacto” porque sinceramente, requieren un pacto para seguir con vida.

Pero adentro me esperaba otro tanto. Buscando otro cuerpo, así, me metí y a un costado, contra una pared encontré ese famoso cajón del que me hablara Cañuelas. Es un cajón de madera como todos, pero no con tuercas como imaginaba yo, sino ¡Con boletos! Miraba y miraba y eran boletos... Claro, boleto que mirara había un destino distinto y un buen motivo de viaje.

Boletos de cartón, boletos de papel, boletos... boletos y más boletos. Trenes de pasajeros, trenes de carga, trenes de auxilio, maniobras... empresas, Ferrocarriles Argentinos, Ferrobaires... FEPSA... Provincia de La Pampa... Por favor, ¿quién iría a creer todo esto? Me preguntaba mientras veía esa montaña ordenada de cientos y cientos de ellos... Ahora entiendo el cajón del que me hablaba Cañuelas. Alzando mi vista encontré un cuadrito con un boleto quemado. Me pregunté qué podía significar ese boleto quemado y me pareció un buen motivo para desandar la historia, que sea sin medias tintas...

“Tú que has estado mirando mi museo de boletos viajeros – me dice Pico – has podido apreciar el run run viajero... de quienes quieran tienen recuerdos de sobra para poder decir que he danzado en todos los trenes habidos y por haber... Yo perfectamente sé que los ojos que me vieron rodar podrán dar testimonio por sí solos”. Es que lo que me acaba de decir resume en líneas generales su vida de rodar los rieles. “Que mis últimas andanzas fueron por estás Pampas...” – me continua diciendo Pico y entonces en varios boletos veo los viajes a Bragado y aquellos otrora época de viajes a Santa Rosa o General Pico.

“El último destino me generaba un no sé qué...” – dice Pico – “Pos fíjate: acá” y me señala el destino. Leo Junín y ese destino me recuerda a esa vía inundada por esa laguna tan desbordada y no paro de pensar que estaba a kilómetros de caerse ahí, al agua. “Unos le dicen Martita, pero es un tren tan común como cualquiera, aunque tenía la sensación de que en esa vía algo daba vueltas y no era algo de corte positivo” – da una indirecta Pico. Es que ella estaba poniéndose a prueba en un corredor donde las noticias de un adios zumbaban como las moscas en los pueblos aledaños. “Estremecerlos con la bocina y los motores a todo trapo fue mi misión para decirles que siguieran apostando al ferrocarril, que no los vamos a dejar tan fácilmente” – me dice Pico y esas palabras con las cuales ella arma su historia y juntas tratamos de desandar, merecen que un viento las lleve y las disperse por todos los lugares posibles.

“Todos los días hacía lo mismo... todos, qué visitas ¿no? Qué viajes aquellos...” recuerda Pico y entonces saco de su cajón unos boletos ordenados prolijamente, todos con destino a Junín. Melancólicamente, recuerda aquellas imágenes que aparecen en forma de postales en las paredes de Maldonado “Representaba un icono para todos... casi como haber tocado con mis ruedas la perfección para demostrar todo... que el orgullo mío estaba patente en la cara de cuánto maquinista viniera a sentarse a decirme “vamos”, no es de menos sentirse así... pensaba en mis hermanas que no tuvieron la misma suerte que yo, que siempre dan un tumba carnero y acá terminan... que devorar los rieles no era cosa simple ni la furia de un motor mucho menos”. Juro que la escucho y pienso en todas esas postales, algunas fotos, otras son acuarelas y otras no pueden ser menos que un recuerdo imaginado que no va a volver otra vez, pero lo revivo en la memoria.

Su vestido tiene para hablar lo suyo “Ahhh! Cuando ellos decían que me iban a pintar porque algo les quedaba pendiente, para mí era como ir a un spa cinco estrellas porque olía a pintura fresca... que tiempos esos... previo lavado, claro. Pero me encantaba levantar arena, sobre todo el verano eran muy especial para mí que es la época en que esa arena que se levanta junto al calor se transforma en el arenal que parece quedar suspendido en el aire y entonces no sabía si estaba sobre un riel o si en mi carrera iba levantando arena también...” cuenta y sigue contándome Pico.

Realmente tiene necesidad de contar su historia. “En realidad yo tendría que estar en La Pampa... aquella provincia desvastada por la aridez de una tala indiscriminada de árboles, la provincia de los desiertos y esos desiertos ¡Qué arenales compañero!!! Señores arenales... aunque lamento mi final, ahí, en cualquier lugar menos en el mío, en General Pico” – cuenta, con mucha melancolía.

Despacio voy entendiendo el significado de ese boleto quemado... porque es la palabra que encaja, chamuscado queda corto. Ahora sé que importancia tiene ese papel quemado, aunque poco se pueda leer, o es algo más negro que un simple papel...

La veo y por fuera es negro por donde se le quiera buscar pero muchos ignoran que es un ángel, un ángel particular.

***

Era domingo. 30 de mayo en el almanaque. Un día soleado y frío tan común como un domingo cualquiera.

La luz se apagó. Terminó la jornada en los locales. Pero empezaba la jornada para otros... Mientras, muchos solo saben del descanso “Buenas noches, buenos días” – agrega Pico. Ella se preparaba para salir.

Finalmente en Retiro solo quedó el desierto de la soledad, la depresión dominguera para dar lugar al inicio del lunes. “El desfile de pasajeros era como siempre... pero era otra clase de pasajeros, no el malón diario” – relata.

El reloj marcó 22.05. “Yo parada ahí, al son del viento... mataba la espera mirando las estrellas y los cartoneros que danzaban rumbo a la villa” – cuenta. “Ni el altoparlante dio la salida”. Es verdad, el altoparlante ni se lo escuchó. Sonó la bocina y los motores empezaron a rugir, como un viaje común.

“Para mí era como un viaje común, nada del otro mundo” – me dice. Como que nada transitaba los kilómetros rumbo a Junín. Pero la ruta 7 le jugó una mala pasada “De repente, en el medio de la oscuridad veo algo – y se le hace una laguna - ... no sé porque tuve encima un acoplado... fue muy rápido, porque recuerdo que, lo divisé encima, choqué y dí una voltereta... es lo que recuerdo, luego no sé, porque... pues, en segundos estaba a un costado de la vía, con un incendio y un montón de hierros aplastados debajo mío...” cuenta. Mientras cuenta me cuesta creer que fuese como la segunda versión de 1999 “Justo pensé en ese momento... que estaba protagonizando la segunda versión de ese año...” – expresa.

“Pues buen ¿Cómo legué acá? Muy simple. Como llegó mi hermana Olivati (9074), de la misma forma llegué yo acá, pero con la diferencia que ella está directamente en el cementerio en Escalda (En realidad es Escalada pero como acá una a otra nos copiamos todas, entonces copiamos a Patagones cuando a esa palabra le suprimió la letra A), lo que pasa es que ella es un carbón, yo al menos sé lo que soy” me dice Pico. Bueno, solo son diferencias pero pareciera que a ellas dos las persigue, mejor dicho, las une el mismo destino “Pero yo anduve de visita por Mercedes y por suerte, se acordaron de venir por mí y no voy a contar mi llegada hasta acá, porque es un viaje común, nada más que Remedios hizo de carro mortuorio, el viaje... una pesadilla, un lento funeral hasta la nave donde estoy y tengo mi museo” – me dice.

Aunque en realidad, Pico se tienta a la ironía “Me tienta continuar riéndome de los demás, de todos y con todos...”.

Así es ella. “Así soy yo, mi número: 9057. Mi nombre de pila: Ciudad de General Pico... para todos soy y seguiré siendo eso, Pico”.

Los cuentos de Bolívar y María Eugenia XCV: Once días después...

Nota: Pido perdón por éste escrito. En primer lugar, quisiera dedicárselo a Jorge, Gabriel, José, Hugo, David y otros socios más los cuáles ignoro sus nombres. En segundo lugar, puede que haya algo de subjetivismo pero en realidad, solamente estoy relatando una visita al Ferroclub Haedo. En tercero, a Andy y algún otro aficionado que se prenda a la visita.


Nota II: Todas las personas mencionadas en la nota anterior, existen en la realidad.


Hay motivos de sobra para la existencia reiterativa de puntos suspensivos... Pero diré que de aquel 1º de noviembre al día 12, solo hay 11 días de diferencia. Casi nada.

Así como llevo los trenes conmigo – pues para unos, la vida es una ruta, para mí, la vida es una vía, tú conduces ese tren, que es tu vida – llevo millones de cosas más conmigo, por eso, tomé mi mochila de trapo y metí una carpeta con papeles y fotos (Poquitas), vestida de rea salí de mi casa y me tomé el primer colectivo rumbo a Liniers.

Un larga rato después llegué a Liniers, bah, a San Cayetano, porque ahí el colectivo terminó el recorrido. Y apareció Jorge con sus cuatro rueditas y emprendimos el ¿corto? Camino a Haedo.

Justamente al cruzar el paso a nivel en Liniers, fue ver la marea humana en el lugar. Sinceramente, eso jamás lo ví, y eso que también ando en el Roca, pero postales como esa, ninguna.

No quiere decir que porque vas a encontrarte con una persona vas a hablar pura y exclusivamente de trencitos. Siempre hay temas para los cuales intercambiar palabras.

Pero no podía evitar despegar mis ojos de las vías. Y pegados quedaron hasta que desde la esquina de Avenida Rivadavia apareció Haedo, casi como si se levantara el telón desde arriba de un escenario. Tapiada... en el momento no se piensa, pero cuando uno está más tranquilo piensas “Qué suicida yo... y yo estuve pisando el campo de batalla de hace solo 11 días”. Y si sigo dando vueltas a mi memoria, podría decir que realmente pisé el campo de batalla, las piedras esparcidas por la calle... Sí, visité el campo de batalla.

Aquella frase “Esto fue lo que quedó más entero”, con el dedo señaló al sector de Metropolitano. Volteé mi mirada hacia ese sector. Y la gente transita la estación con el mismo ritmo de siempre, pero concienzudamente de lo sucedido aquel 1ºde noviembre del 2005...

En cuestión de minutos llegamos al depósito de Haedo. No precisamente las grúas ni las vaporeras nos vinieron a saludar, sino las formaciones se encargaron de hacerlo. ¿Pero qué hago diciendo formaciones si en realidad es lo que quedó? En realidad, es lo que quedó después de la barbarie.

A lo largo del predio allí descansaban esos trenes incendiados. Parecían imanes que atrapaban miradas y se podía estar todo el tiempo que se quisiera mirando porque más de uno suspiraba “Es de no creer”. Y yo, yo sentí esa sensación. Miraba esos trenes y mis ojos parecían arcos que disparaban flechas, bueno, más que flechas eran las imágenes de una barbarie... una tras otra. Y volvía a lo mismo “No lo puedo creer”. Es que es una gran verdad: no se puede creer.

Si hubo un motivo para dar vida y color al paisaje del depósito de Haedo fue ver cómo una grúa vaporera se movía bajo el ardiente calor de una tarde de sábado, donde unos observábamos su paso y otros aprovechaban la sombra de los árboles para reparo del sol.

Afuera los trenes continuaban su marcha como siempre. Pero una GAIA vino a romper la monotonía de una tarde de sábado con un traslado vía ascendente y, mientras tanto, esa grúa imponente hacía rugir su silbato al compás de las maniobras.

Y allí quedó. Se quedó para dormir hasta una próxima vez cuando vengan aquellos mecánicos voluntarios a ponerla en funcionamiento. Tan lejos, tan cerca... de la barbarie pasada.

¿Y la Burra? Uy! Perdón mujer, aunque por fuera luzcas un poco harapienta, algún día lucirás como debes. Como verás, el tiempo no apura y por ahora, hay generaciones de sobra en materia ferroviaria.

Pero ustedes, todos, protagonistas de un hecho de hace once días, en verdad, como dicen los gauchos “El Tata los cuidó”. Vaya si no los cuidó... los cuidó de tal forma que salieron ilesos de la batalla campal. Nos vemos y lloramos los lamentos... los lamentos de un día infernal.

Me fui por las ramas pero diré que... que... que si bien me estás recriminando “Qué visita fugaz”, yo te contesto “Pero tan pronto como imagines, volveré, para llevarme recuerdos encima y lo haré tantas veces quiera”. Y lo digo en serio...

Cantando bajito salimos con Jorge en sus cuatro rueditas a la salida del sector de Morón. Nada hace a la entrada del sector Haedo, aunque no voy a decir nada, para no generar discrepancias.

Mientras iba con Jorge en el coche, se me pasaron por mi cabeza muchos versos de protesta... canciones de los más variados grupos musicales y géneros... pero sin lugar a dudas, hay una que dejaré que ocupe el primer lugar porque, han tenido el privilegio de guardar en un video musical aquella Estación de Trenes Haedo original... pero el mayor consuelo de todos es ese cartel final “Hecha en Haedo”.

Y a Liniers regresé. Cuando la luz se apagó, me despedí con un fuerte abrazo de Jorge, con la ilusión puesta en el Parque Avellaneda y con ese sueño, me fui a tomar el colectivo 106... en mi casa, mi almohada y mi ángel guardián solo sabían de las imágenes coloreadas de los recuerdos del día y de once días atrás....................

*****

Y el teléfono sonó. Era martes. Era la voz de Andy para decirme “Quiero ir a Haedo”. Recreo y tesoros de vacaciones, bienvenido. Será bienvenido a la tierra de la barbarie.

Yo le conté de aquella visita fugaz. Pero creo que el día que ponga los pies en el lugar, podrá él mismo apreciar la barbarie. En primera persona, por cierto.


Café Ferroviario XCIV: Cuentos Cariocas según Loretta II

Bueno señores, un nuevo monólogo, el número 94 ¿no? Pues verán, no hace mucho tiempo anduve metiendo libreto debajo de lo poco que queda de mi carcasa - Porque la restante se la llevó un mionca, pero mejor ni recordarlo ¿no? – y dirán “¿Tienes algún nuevo cuentito carioca?”. Pues, efectivamente, sí. Pues bien, recordemos las últimas correrías de ALL, pues me parece que de la primer versión carioquera de ALL mucho no se aprendió. A ver si aprendemos algo ¿eh?

Señores: ustedes bien saben cómo resurgí, de las cenizas, tipo el ave Fénix con un nuevo capítulo del Gran Capitán y bla, bla, bla......... Ya todos conocemos ese capítulo de la historia ferroca argenta, como también ya bien reconocemos aquel otro capítulo de la historia ferroca llamado ALL, donde realmente no sabría si es argento o brasilero.

Para la sorpresa de todos, ALL no termina en los rieles solamente. Quienes sabemos manejar todos los aparatos vinculados a ese Bill Gates o algo parecido, aquel renombrado triple doble ve, acceder a su “Portal”, es la acción más natural del mundo. Pero quien tenga ganas de quedarse atónito, vean el lema de ALL: el mismo pregona “ALL Gente que nunca para”. Perdón ¿Yo mal leí pero “ALL Gente que nunca para?”. Pensé si me estaban cargando. No, es efectivo que lo están cargando porque uno que no conoce, en el portal ve las mil y un maravillas, lo grave de todo esto es que no están muy enterados del flanazo que están viviendo las líneas Urquiza y San Martín. Lo que pasa es que lo que no para de ALL es de descarrilar... sobre nuestras vías. Y después no nos vengan con el cuentito de que la paloma tuvo la culpa porque se chocó el tendido eléctrico y siguió vuelo...

Pero... pero... pero les digo algo. Así como ellos hacen honor a su lema empresarial de “Gente que nunca para”, les voy a decir que a ese lema también le hacen honor, pero en la órbita laboral. Y sino vean la última correría acontecida hace unos días atrás.

Resulta que la muchachada de Joe Pedraza – o José Dondemepongo – dijeron “Vamos a tomar un descansito de 48 horitas”. Cómo será que pegó tanto esa propuesta que tuvo una aceptación del ciento por ciento en todos los órdenes que por U-N-A-N-I-M-I-D-A-D votaron tomar ese pequeño descansito de un par de días. Pero hasta aquí, nada del otro mundo. Aunque el modus operandi no dejó de ser el mismo, si sobre todo cuando la prensa le puso los micrófonos en las trompas de los gremialistas, sostuvieron a brazo partido “Que ellos estaban dispuestos al diálogo”, dando a entender que “La empresa es la mala de la película”. Lo que yo digo es “¿Por qué no dijeron la segunda frase en vez de darla a entender?”. A que si la hubieran dicho, al instante hubieran quedado de patitas en la calle.

Como en toda protesta gremial, siempre la empresa resulta ser la mala de la película pero tratándose de ALL, todo es posible. Ahora ¿qué dijo ALL de todo esto? La verdad que naides supo qué dijo, o si dijeron algo, porque éstos monos no son muy amantes de darse a conocer ante el público ¿verdad?

Resulta que de golpe y porrazo apareció Gabyto –perdón, el Gaby- y entonces fue el único que tuvo las agallas – o simuló tenerlas, porque andaría igual que los demás – y se sometió al interrogatorio de la prensa. Pero claro, como esto no salió por la televisión masiva, nadie supo que sucedía en esos lares. Parece, dicen aquellos que se atreven a todo, que todo empezó con un paro de 24 horas. Como quien dice paro de 24 horas, podrían decir descanso, puesto que ¿qué hacen cuándo hay paro? Si alguno va a protestar, serán cuatro gatos locos porque los restantes se toman una siesta bajo la sombra de algún sauce bien frondoso, sobre todo con calores de 40º centígrados. Lo que pasó después del descansito de un día, seguramente que algún monito festejó cuando a la muchachada la pusieron a laburar a reglamento hasta la medianoche de un domingo. Pero por lógica, éstas medidas terminarían en un acuerdo entre las partes, aunque yo lo veo muuuuyyyy lejos de que suceda.

Entre pitos y flautas, el Gaby éste – un agente secuaz de José Dondemepongo – culpa a ALL por supuestas demoras en firmas de convenios colectivos laborales, o cosas por el estilo. Pero como era de esperar, el reclamo viene puesto que un ferroviario incipiente gana unos 950 mangos y según el Gaby deberían ganar entre 1450 y 1500. Yo quisiera saber cuánto gana un ferroviario medio y un ferroviario experto y quien tenga la respuesta a ese interrogante, que tome el teléfono y disque asterisco 7911.

Pero como los monos no son ninguna clase de idiotas, decidieron tirar algunas ofertas. Aunque del ejército de José Dondemepongo decidieron botarlas las tacho de basura porque adujeron que era más sencillo que les vinieran a decirles en la cara “Esto es una bromita para Marcelo Tinelli”.

Mientras... mientras tanto, mientras tanto ellos se tomaban un ligero descansito, acá en la Ciudad los chicos de las corbatas iban y venían con papeles, ideas, biromes y más papeles – Lo que pasa es que esos son los mecánicos legales, es decir, no mecánicos de destornilladores ni nada por el estilo, sus herramientas son eso: papeles, expedientes y libros de derecho – porque de una forma u otra, había una emergencia que urgía y entonces todos se pusieron de acuerdo en una cosa: había que D-E-S-T-R-A-B-A-R E-L C-O-N-F-L-I-C-T-O. Ahora lo que nunca se supo es el resultado, así que por ahora sigan comiéndose las uñas.

Pero sigamos con las excusas del Gabyto. El Gabyto, general al frente del ejército de José Dondemepongo, abrió la boca para tranquilizar a todos con el mismo cuentito de todo gremialista y dijo: “Hemos usado el diálogo de partes en conflictos laborales pero agotamos todas las instancias... ALL no dio uso de su presencia y esto queda evidenciado en ésta medida de fuerza”. La verdad, ¿quieren que les diga algo? Yo, así como me ven, no les creo a ninguno, unos por ser corruptos por la definición misma y los otros... bueno, también podría decir que la corrupción misma los define. ¿Vieron que los dos son cortaditos por la misma tijera?

Bueno, la cuestión es que gracias a éste voto unánime, los ferroviarios protestaron y los trenes tomaron una ligera siestita de 48 horas. Pero si había una forma de rematar el parito, quién mejor que el Gabyto para aumentar el incendio en ALL con el cuentito “Con una oferta acorde... ESTO SE PODRÍA HABER EVITADO”. Y bueno, es efectivo el cuentito: la paloma tuvo la culpa de chocarse el tendido eléctrico y siguió vuelo.

¿Entienden ahora porque esto es un Cuento Carioca? Y menos mal que los protagonistas son los de ALL así podemos seguir bailando tranquilitos el carnaval. Y el Apocalipsis todavía está lejos de ser.

Café Ferroviario XCIII: Palabras de alivio

Así vivieron ellas el día de furia en Haedo y lo expresaron a través de ésta carta:


Prov. de Buenos Aires, Martes 1º de noviembre del 2005


Querida Estación de Trenes Haedo:


Parecerá ridículo esto, pero es una de las tantas formas que se nos ocurrió para poder darte un consuelo ante tanta barbarie junta.

Haedo: Las heridas están candentes... abiertas... la sangre de ellas aún gotea. No sabemos sinceramente cómo explicar éste día de hoy.

Tú, que hace 114 años hiciste pie, diste pie a la primer línea de ferrocarriles, alguna vez denominada Ferrocarril del Oeste, denominación que alguna vez es usada, a las perdidas; luego has devenido en la denominación Ferrocarril Domingo Faustino Sarmiento. Muchas empresas pasaron por tus manos, hasta la casi extinta Ferrocarriles Argentinos y devenir en dos empresas ferroviarias de cuarta: Trenes de Buenos Aires y Transportes Metropolitanos General Roca.

Parece mentira el tiempo que pasamos juntos... miramos el tiempo atrás y muchas generaciones pasaron y tú, tú hiciste historia con todos nosotros porque así lo quisimos. Aquellos primitivos pobladores que instalaron sus casitas y comercios hicieron a tu grandeza... ¡Qué grande sos Haedo! Grandeza la tuya que sufriste una reforma para el bien de todos. Y perduraste la historia... pasó el siglo XIX, soportaste los 100 años del siglo XX y atravesaste los umbrales del siglo XXI como un monumento que sos... Y mira, hoy es martes 1º de noviembre del 2005.

Pero hoy es martes. Desde la historia muchos millones de personas pisan a diario tus andenes... apurados, despacio, todos, todos con un destino que solo ellos saben. Pero siempre queda alguno que siente aún todavía esas ganas de venir a mirar pasar los trenes. Son muchas cosas que se mezclan, todas juntas... encuentros y desencuentros... No solo quienes andan por la zona dan color al paisaje, sino quienes desean viajar kilómetros adentro completan el paisaje, aunque no más sea, tan rápido como un suspiro.

Hoy es martes Haedo y por favor podemos decir que no lo vamos a olvidar jamás: ese día podía ser uno más como cualquier día, pero no lo fue así. Estamos tristes y no tenemos palabras para explicar lo que te pasó. Sentimos la impotencia y al final morimos en los versos “Uno está harto de preguntarle a la vida siempre porque y porque”. Es duro.

Nada va a volver a ser como antes. Aunque ciertas cosas vuelvan, tú no serás lo que eras antes. Nos duele. Nos duele y el alma se nos parte en mil pedazos, como los vidrios que estallan de un piedrazo. Hoy nos diste un golpazo a la memoria arquitectónica ferroviaria y sentimos ganas de llorar. Nunca olvidaremos éste día, que podía ser uno más. Uno más hasta que los relojes marcaron las 9 en punto. Que un tren venía demorado. Ese tren ahí quedó. Que los pasajeros debieron descender ahí porque el altoparlante así lo indicó y un tren los vendría a buscar. Que la otra formación venía abarrotada. Que las demoras habían llegado hasta el tope. Que los pasajeros encendieron la protesta. Y hasta acá, protesta normal.

Pero te dejamos éste párrafo aparte porque queremos pedirte Haedo que perdones a éstos inadaptados (Usamos esa palabra pero tanto tú como todos sabemos que otra palabra anda en boca de todos) que te hicieron tanto daño. Aunque vaya a saber si hay perdón para ésta gente, queremos creer que sí. Tú sabes que los pasajeros no fueron los culpables, sino que era algo premeditado. Que un nutrido grupo de inadaptados arrasó contigo, las boleterías, barreras, comercios, vagones... los alrededores tuyos... te convertiste en el infierno... en 114 años de historia, hoy Haedo, has escrito la crónica de un día infernal donde la furia lo pudo todo y no hubo bomberos que valieran para salvar las piezas valiosas que solo tú poseías... Ver cómo ardías mira... no tenía nombre. No tenía nombre ver las cosas que hacían con total impunidad siendo que hasta los filmaban... Pero nos quedan los buenos recuerdos, la memoria, nuestro paso (Somos varios ¿eh?). No podemos esquivar mencionar a éstos vándalos que ignoraron por completo tu pasado.

También perdona a las fuerzas de seguridad por no haber actuado a tiempo. A los funcionarios de turno y a las empresas que no hacen lo que deben hacer.

Bien sabemos que pronto vinieron al lugar. Te convertiste en el campo de batalla. Los trenes no supieron que era pasar por ahí. Hasta que alguno se atrevió a parar para la alegría de los curiosos que vinieron a ver qué sucedió contigo... Sabemos que ves todas las cosas que suceden a diario. Pero tú no serás la misma que antes.

No lo serás, en absoluto. Ni los pisos, ni los techos, ni tu estructura será la misma de antes. Se llevaron un pedazo de la historia argentina, ignorada, por cierto.

Ellos podrán reconstruirte, pero lo perdido, es perdido. Y ese es el dolor. Dolor de tanta barbarie junta, tantos inadaptados sociales que están en la comisaría de Morón... Bien sabemos y nos jugamos a que será así –esperamos equivocarnos- que los van a soltar. Por un motivo o por otro, quedarán libres. De mientras, eres testigo de cómo el Gobierno, TBA y el Grupo Quebracho se cruzan misivas de todo tipo y calibre. Ya no vale de nada porque la destrucción ya la hicieron.

Desde nuestra parte, trataremos de seguir paso a paso cómo vuelves a pararte, cómo puedas, pues es imposible esperar que se reponga todo lo original. Queremos verte de vuelta reluciente. Pero no nos olvidamos que eres, sos y seguirás siendo la Estación de Trenes Haedo. Del Ferrocarril Sarmiento, por cierto.


* Nuestras firmas van en representación de nuestras hermanas*


Flor 652 – TBA

La Chabona 8453 – Ferrobaires

Cobo 9076 – Ferrobaires

Nancy 6588 – FEPSA

Denise 6620 – FEPSA

A611 – TMR


PD. ¡Pero los pensamientos quedarán!


Los cuentos de Bolívar y María Eugenia XCII: Las trastadas del Ingeniero Pettis

Nota: Toda coincidencia con la realidad es pura casualidad.


1ª Parte


Es domingo por la tarde. Es verano y hace calor. En el patio de Ingeniero White no hay nadie. Toda la playa está en silencio completo. Ahora, porque hace seis horas hubo gritos y estampidos. Más gritos. Desgarradores, histéricos, disfónicos. Y más estampidos. Allá, en el galpón de locomotoras, a metros del patio con algunas tolvas cerealeras y dos locomotoras, hay cuatro cadáveres. De cuatro ferroviarios.

- Ulises. Otra vez no encuentro la papeleta de los informes. ¿Dónde lo puso Mario?

- No lo encuentras porque tienes la cabeza en cualquier parte, Serrucho. Está en el escritorio de siempre, en el cajón de abajo, como siempre.

- ¿Hay biromes?

- Sí, azules y negras, por si todo es poco.

- A falta de una... Oye... ¿Sabes qué es de la vida de Mario Petion? Hace tiempo que no toma un respirito...

- Mario anda en el mismo sitio de siempre, en los talleres mecánicos.

- ¿El Paisa viene a prestar servicio?

- Que yo sepa, el Paisa debe prestar servicio junto con Gaby. Por lo que me dijo Gaby hoy temprano, ya tendrían que estar acá...

- ¿Y Pettis?

- ¿Qué?

- ¿Dónde está?

- Por ahí. ¿Desde cuándo te interesa lo que hace?

- Acá está la papeleta. ¿Llevo la 6634, no?

Los policías que llegaron a la playa de Ingeniero White no podían creer lo que veían. Ulises Levene tenía treinta y siete años. Su cuerpo estaba en el cuarto de personal autorizado, boca arriba, con la cabeza apoyada levemente sobre uno de los cajones bajo el escritorio. Tenía el tórax destrozado por un escopetazo en el pecho y otro en el estómago. A su lado, a menos de un metro y medio, estaba su compañero Juan Carlos Díaz Castex, más conocido como “Serrucho”. Serrucho era socio y tenía cuarenta años. Recibió dos escopetazos en el pecho y uno en el cuello. Afuera, en la playa, había quedado el cuerpo de Guillermo. Guillermo, más conocido como Paisa, tenía cuarenta y uno y era conductor. Cayó boca abajo con un tiro en el cuello y otro en el pecho. Detrás de él, caminando hacia el baño estaba Mario Petion. Mario tenía cuarenta y cinco años y era mecánico. Parece que fue el único que creyó al asesino capaz de hacer lo que hacía, porque su instinto lo hizo girar para tratar de escapar. Los dos escopetazos los tenía en la espalda, uno sobre el omóplato. Otro a la altura de la cintura.

A las dos de la madrugada del lunes 29 de diciembre del 2003, los peritos fotógrafos disparaban los flashes una y otra vez. Dos oficiales jovencitos pasaban una brocha con talco por todos lados, buscando las huellas de los ladrones.

En el galpón de las locomotoras, había seis policías más, caminando de una lado a otro. En uno de los cuartos, había papeles y ropas en el suelo. El cajón había quedado de canto, con los papeles desparramados, como si lo hubiesen dado vuelta para buscar algo adentro del escritorio.

En el cuarto donde funciona la oficina de provisiones hubo que apartar una silla de la entrada para poder pasar. Estaba caída, como si la hubiesen revoleado con furia.

- Estaban muy apurados o eran principiantes – dijo el oficial Navarro, caminando con las manos en los bolsillos.

- ¿Principiantes? – preguntó. Astete solo había oído la última palabra.

Navarro se sacó la mano derecha del bolsillo de la campera y señaló un fajo de billetes viejos que había en el cajón del escritorio. Mil quinientos australes. Y estaban a la vista.

- Los chorros revolvieron el cajón pero no se llevaron la guita – dijo Navarro, desganado por la obviedad del comentario.

- Ah – Astete sonrió - ¿Y habrá habido chorros?

Pero la oficina de los ingenieros era el único sector que tenía la puerta cerrada. Sin llave, pero cerrada. La oficina estaba impecable. Cada cosa reposaba en su lugar. Había un olor a perfume en el ambiente. Una mesa larga con sillas y una pizarra.

- Al hombre no le gusta que otros se entrometan en las decisiones – dijo Navarro, acercándose a cada objeto de dicha oficina. Supo que allí trabajaban los ingenieros, porque justamente la pizarra tenía escrituras de planificaciones.

Afuera, entre los policías que iban y venían, andaba un hombre canoso, de lentes. Tenía el ceño fruncido. Pero no de quien estaba preocupado por algo, sino mas bien de quien está pensando. Caminaba silencioso entre todos, mirando los cadáveres de sus compañeros ferroviarios aquí y allá. El era Pedro Pettis. Ingeniero mecánico. Responsable en parte de las decisiones que se toman para ejecutar después por parte de sus compañeros. De los compañeros que acababan de ser asesinados a escopetazos.


- Vamos a matear un poco, Ulises.

- ¿Cuánta azúcar quieres?

- No, está bien así. ¿Mario no viene a tomar mate? Seguro que debe estar arreglando algo.

- No quería tomar, no se siente bien. ¿A qué hora sales Paisa?

- Me parece que hoy vine al divino botón acá, pero no importa porque me voy a ver una expo de motos. De paso aprovecho porque tengo que conseguir algunos repuestos para terminar de montar la mía. ¿Querés venir conmigo, Serrucho?

- No. No quiero estar molestando en un lugar donde todos hablan de una cosa y yo termino mirándolos como canario parado en una vara.

- Dale, boludo. Si querés vení.

- No. Tengo un poco de fiaca. Me parece que después de relevo, me voy a dormir la siesta a mi casa Ulises.

- Ay, Serrucho, dejate de hinchar. Salí a pasear, hacé algo. Date alguna vez algún gusto. ¿No te llamó la chica que habías conocido por correo?

- La verdad que no. Obviamente que la mediré con una vara, porque puede ser algo bueno como una porquería.

La escopeta Víctor Sarrasqueta tiene dos caños y un número grabado en uno de ellos. El 614.602. Se carga con cartuchos Orbea de plástico amarillo, calibre 16. Manolo Kloosterman se la había regalado a su amigo Pettis, el ingeniero introvertido que parecía disfrutar con la caza, en la soledad del campo bahiense, entre pastizales y lagunas, haciendo largas caminatas con botas de goma.

- No hace falta que me trates así Serrucho. Solamente quise ser amable. Además, si nuestro trabajo es la peor pesadilla nosotros no tenemos la culpa. Vos no tenés que pensar que todo es culpa tuya, pensá que el alrededor nuestro está lleno de culpables.

- ¿Ah no? ¿Y cómo sé que si cuando hay problemas uno tras otro no voy a terminar con un castigo o una patada en el culo porque así se les antoja a alguno de los ingenieros o los mismos lustrabotas?

- Ulises, ¿por qué no lo denunciamos a Pettis?

- Es fácil decirlo...

- Escuchame. La cosa no va más y entonces, chau, porque esto un buen día va a reventar, y con todo. ¿Cuál puede ser el problema?

- El problema es que nosotros por empezar, somos sobrevivientes de una era estatal y acá andamos no sé cómo. Pero el tema es complejo, porque si denunciamos las chantajeadas de Pettis, nosotros estamos poniendo en riesgo nuestros puestos de trabajo. Denunciarlo con las pruebas en la mano es simple, lo espinoso es que nosotros mismos estaríamos mordiendo el anzuelo de quien nos da de comer. Y entonces una cosa va llevando a la otra. Y entonces... nada. Acá estamos. Cada uno hace lo que hace y listo. Es grave en cierta medida, pero hay momentos en los cuales hay que mirar a otro lado.

- Pettis ordena, amotina y extermina como si fuese un general de guerra, se mete con nosotros todo el tiempo cuando queremos tener un momento en paz, como si nos provocara. El no se da por aludido que no le damos bola.

- Bueno, ya está. Así son las cosas. ¿Me miras la papeleta de la 5556?

Café Ferroviario XCI: Panorama electoral según Mecánico R. Karpik

A poco de ir al cuarto oscuro y decidir la suerte de los argentinos, las locomotoras eligieron Escalada para reunirse con el fin de aclarar algunas cositas a los argentinos. Para eso, ellas mismas se encargaron de recolectar todas las evidencias posibles que tuvieran a su alcance. Todo era bueno para demostrar el ambiente que se vive y que los nuevos legisladores deberán hacer bastante por la Patria Ferroviaria.

“Y... estamos fundidos Cuenca” – dice Sol.

“¿Será por qué los candidatos vaciaron nuestras arcas?” – pregunta Cuenca.

“Eeeeee... Mmmmm... Bueno, el mayor no se postula pero ciertos jugadores quedaron dando vueltas” – dice Pico.

“¿Cómo quiénes?” – pregunta Altamirano.

“Como la Patus Bullrich” – responde Pico.

“Patricia... claro, interpretando Patricia en el Riesgo País de las Pesadillas” – dice Mardel.

“O... o... o Néstor Rapanelli” – dice Pico.

“No te preocupes Altamirano, todos alguna vez jugaron en el equipo del Alienígena” – le dice Mardel a Altamirano.

“Pero chicas, si ellos alguna vez jugaron en el equipo del Alienígena, supongo que están hiper enterados de lo que sucede galpones adentro y vías afuera” – dice Luciana Belén.

“Eso es lo que tú crees...” – le dice Marina a Luciana Belén.

“¿Y en qué hace pensar todo eso?” – pregunta Cañuelas.

“Por ejemplo, el megacanje de hace diez años atrás nos arruinó por completo” – dice Julieta.

“Habrá sido así Julieta, hace diez años atrás el Alienígena nos envió derecho pal cara... melo pero que yo sepa, hace unos añitos pasados nos declararon el default ferroviario por vaciamiento económico generalizado” – dice Dalceggio.

“Aja, con razón cierto simio se hizo a un lado” – observa M. Eugenia.

“Menos mal que sucedió, porque si hubiera seguido postulado en la carrera electoral, tal vez en vez de tocar la canción de las bocinas, cantaríamos “Pimpollo... Turín... Turín... No hay un sope... Turín... Turín...”” – dice La Chabona.

“Sí... pero lo malo de todo esto es que cada semana tenemos piquetes en todos lugares, sino es de ferroviarios de huelga es de los callejeros” – dice Remedios.

“Pero los muertos se cuentan por docenas... las locos, que todo lo hacen, no funcionan por falta de mantenimiento y las pocas que yiran, lo hacen por la fuerza de la voluntad si todo va en cámara hiper lenta” – dice Mansilla.

“¿Tenemos alguno de paro?” – pregunta Patagones.

“¿Paro por aumento de sueldos o paro por problemas técnicos?” – pregunta Vega a Patagones.

“Yyyy... las dos cosas” – dice Patagones.

“En la primer opción, bueno, contemos en primer lugar a la Comparsa del Litoral. Los integrantes de ésta comparsa bailan re bien el carnaval carioca ante los de ALL” – dice Vega.

“Y Jorgito Velázquez baila hasta en el techo de los trenes de pasajeros el carnaval ¿verdad?” – dice Cañuelas.

“Yo creo que Jorgito en vez de laburar vestido de guarda, labura de guarda disfrazado de comparsero entrerriano. Los maquinistas, por ejemplo, uno se disfraza de mono y el otro de Ronaldo con el uniforme de la selección brasilera. El resto del personal, algunos se disfrazan de bailarinas pero para ocultar un poco se meten unas polleras de tiritas largas hasta los pies” – dice Mardel.

“Che... ¿no se pintarán acaso de negro?” – pregunta M. Eugenia.

“Y... todo es posible. Quien haga el papel de mono, la pasa pésimo: suda como eso, como mono que es” – dice Bragado.

“¿Y el paro técnico?” – pregunta Patagones.

“¿Paro técnico? Ese es diario, viene solo, y las empresas lo provocan” – dice Quequén.

“Eso significa cuando hablamos de los plantones” – dice Mercedes.

“¡Viva el paísh bananero! ¡Salud!” – dice Cañuelas y se toma un vaso de ginebra.

“Pero también en los rieles hay mucha inseguridad ¡¡Te afanan todo en cualquier lado si no tienes escudo protector!!” – dice Pico.

“Claro, nosotras tampoco podemos salir... ¡¡Nos cerraron las rutas férreas!!” – dice Elisabetta y señala los muertos.

“Eso no es nada hermana – le dice M. Eugenia – Por si no has visto más allá, hay una cola terrible en la embajada del infierno”.

“¿De los políticos para negociar o de los empresarios para echar raíces?” – pregunta Contreras.

“Eeeee... Las dos cosas”- le dice Madariaga.

“Pero... ¿qué pasó con los Mil y un mandamientos ferrocas?”- pregunta Sierra de la Ventana.

“¿La legislación? Noooo... todo eso va por decreto” – dice Julieta.

“Negra, acá la legislación ferroviaria toda sale por decreto, como para plancharnos del todo” – dice Maribel.

“¿Y el sindicato dónde está, que no se lo ve?” – pregunta Cuenca.

“En ningún lado, por ahora. Esperemos un tiempito y veamos...” – le dice Temperley.

“Pero con todo éste desbarajuste de parques alicaídos, ramales rotos, chiqueros de chanchos en las estaciones el riesgo ferrocarril es un número astronómico” – dice Quequén.

“No, no. No es tan así como tu crees...” – le dice Doris.

“Yo tengo éste número: 1.572 cuatrillones, superamos a Plutón...” – dice Bragado.

“No, tenemos un tanto así como 1.230 cuatrillones, hasta ahora solo superamos a Neptuno” – dice Doris.

“Oia... vaya por los 1.572 que los 1.230 cuatrillones, no dejan de ser eso: cuatrillones. Nuestro riesgo ferrocarril sigue andando todavía por las nubes” – dice Bragado.

“Mejor digamos que superamos la estratosfera y traspasamos de la exosfera y estamos en ¿dónde? En el espacio interplanetario ¿Ves Bragado?” – dice Temperley.

“Y por ahí lo seguimos aumentando con éste indulto a Montoto” – dice A703 sin anestesia.

“Primero se lo dieron a Iglesias, luego siguieron con ésta larva” – dice A908.

“Y el próximo será Cirigliano ¿no?” – pregunta Luciana Belén.

“Y al final van a aterrizar en los tranvías” – dice Bragado.

“¿Quién de ahí se supone?” – pregunta Cuenca.

“El capo de Benito Roggio ¿Quién podía ser sino ese ganso?” – dice Bragado.

“Ah... y los trenes eléctricos ¿por qué no circulan?” – pregunta Remedios.

“No funcan los equipos directamente. Los equipos están pinchados y las locomotoras fueron tragadas por la tierra” – contesta A703.

“No hay dudas chicas... ¡¡Los trenes son bien argentos!!” – dice Cañuelas pasada de revoluciones.

“Así que chicas, les propongo que revisemos un poco las obras en cartelera” – propone Pico.

“¿Qué hay?” – pregunta Julieta.

“Bueno, por un lado, está la Bullrich interpretando “Patricia en el Riesgo País de las Pesadillas”... en la Rosada se estrena “Pingüinator 4” donde la Cristina buscará ser la heroína bonaerense... en la calle Corrientes hay teatro de revistas para rato... también esta Vilma Ripoll interpretando a Vilma Picapiedra en la comedia “Los Picapiedras”... en el convento hay un simulacro de Retiro Espiritual junto con Lilita pero no se olviden, una obrita de miedito” – dice Pico.

“Ah, sí. ¿Cuál?” – pregunta A908.

“El fantasma de la renegociación” – dice Pico.

“¿Saben algo? La verdad que con estos espectáculos uno no sabe si reírse o re-irse” – dice M. Eugenia.

Los cuentos de Bolívar y María Eugenia XC: Recuerdos de un viaje a Pontevedra

4ª Parte


Nota: Es una fantasía. Los nombres pertenecen a la realidad. Toda coincidencia con la realidad es pura casualidad.

El relato está inspirado en un accidente ferroviario sucedido hace unos años atrás en Alemania.


“Que los días de verano en ésta villa de Pontevedra suceden al son del viento tan cálido que sopla del interior del continente... también algún viento proveniente de África y trae calor y más calor. Con éste calor allí veo que la suciedad y el sudor de estar en ese taller ferroviario te impregna la piel. Adoras pasar horas y horas en éste escritorio dónde hoy estoy yo escribiendo éstas líneas pero sé que puedo resultarte un santo remedio cuando oyes esas bonitas melodías de los clásicos de la música... nunca te importó qué música sonara pues si algo puede hacer que canalicemos nuestras broncas y penas, eso es y está frente nuestro: el arte.

Tal vez no sea la gran cosa pero trato de hacerte lo más alegre posible la vida en éstos momentos que más lo necesitas... más que triste, son las heridas las que hacen que te duela hasta el alma y que la bronca nos esté envolviendo.

Estoy en tu escritorio y te juro que por ésta lampa que alumbra, en los papeles miles de líneas invisibles se dibujan y contornean al son de mi imaginación...

Realmente ésta noche la tengo que matar tan pronto como pueda porque ya está amaneciendo... tengo que ir al estudio a resolver cuentas. Pero prometo volver a verte porque no puedo dejarte ahí solo, a la deriva. Solo me resta completar ésta papeleta con éste verso “Si pienso en ti siento que ésta vida no es justa”.


“Dios mío...” dijo y la carta cayó al suelo. Luego vino la enfermera y se alcanzó “Gracias” le dijo.

La enfermera el cambió el suero “Que lindo que alguien pueda consolar a un enfermo como tú” le dijo.

“Es mi mujer... yo sé que ella está mal, que extraña, llora... pero yo no busqué que me pasara éste accidente” le dice.

“Es así... pero te queda el largo camino de volver a empezar y a la vez buscar explicaciones” – le dijo la enfermera.

“Ay que los dolores me matan!” – exclamó Andrés antes que la enfermera le hiciera el último control.

Cayó la noche. Andrés estaba en el hospital pero en alguna distancia de Pontevedra, en una casita confortable, estaba Gabriela. Gabriela hacía sonar una y otra vez la flauta. Estaba un poco más serena.

Al cabo de un largo tiempo Andrés salió del hospital y pudo retomar su vida normal. Pero nunca olvidará aquel viaje en el espanto ferroviario, donde casi termina su vida. Bien sabía que su historia no terminaba en volver a rehacer su vida, sino que otra nueva estaba por empezar.

Al cabo de un prolongado tiempo, el tribunal de Pontevedra citó a los sobrevivientes. Ese día quizás era el más esperado por Andrés. Se miró al espejo y sus cicatrices (Marcas y huellas de un mero recuerdo) estaban a la vista. Se miró y no despegó sus ojos de allí “En éste día deberé de comparecer ante un tribunal contando una por una mis marcas” dijo.

Andrés y Gabriela caminaron las 10 cuadras que separan la casa del tribunal. No hubo palabras. Los pensamientos podían más. Al llegar al tribunal, debió eludir a la prensa apostada en la entrada.

Con retraso comenzó la audiencia. El jurado empezó a interrogar de a uno a los sobrevivientes. Andrés se serenó. El fiscal preguntó “¿Qué recuerda usted del viaje?”

“Lo último que recuerdo es que estaba apretado en una puerta y una pared que me daba encima mío... Solo sé que un repente chocamos... y enseguida algo nos vino encima” contestó.

“Pero... ¿Por qué tomó ese tren?” preguntó nuevamente el fiscal.

“Pues perdí el Inter City Express y como no hay mayormente medios de locomoción disponibles, tomé ese tren. Bah, me dijo otra persona que lo usara porque a la hora que era y dado que estaba en medio del desierto, solo hay un tren una vez por día y el tren que sale desde Empalme Zamora a Pontevedra tiene mayores frecuencias, no muchas, pero algo era algo”.

“¿Cuánto abonó ese viaje?” – preguntó el fiscal.

“10 euros” – dijo Andrés.

“¿Cómo estaba en capacidad el tren?” – preguntó el fiscal.

“Estaba colmado. Aparte, ese tren más que tren, es un martirio, casi no tiene vidrios, ventanillas, puertas, la gente viaja como puede y las luces no existen. La locomotora andaba bastante mal” – dijo Andrés.

“Antes de relatar lo último que recuerda... ¿recuerda algo que haya pasado antes?” – pregunta el fiscal.

“Recuerdo que estaba con un panadero sentado en la puerta y el tren al pasar por un cambio tijera dio un tremendo salto. Entonces nos subimos a la formación y justo cuando traspaso una de las puertas al salón un riel se incrusta en la unión de los vagones... entonces le pedí el celular a un pasajero y llamé a RENFE, que del otro lado de la línea nunca contestaron” – contó Andrés.

“¿Nunca contestaron? ¿Por qué?” – preguntó el fiscal.

“Nunca. Supuestamente en RENFE tiene que haber una guardia mínima para atender qué pueda suceder en la noche pero no había nadie de guardia en estación Pontevedra” – dijo Andrés.

“Suficiente” – dijo el fiscal y Andrés regresó a su lugar.

Así, uno por uno fueron desfilando los sobrevivientes delante del tribunal. En la sala, el silencio podía más. No volaba una mosca. Pero uno de los fiscales no pudo más y dijo “Si de cada uno hemos de escuchar las imprudencias a las cuales eran sometidos por un viaje ya es más que suficiente como para que otra vez vuelva a repetirse la historia”.

Se levantó la sesión y a la semana siguiente era el turno de los responsables de RENFE. “¡Por Dios que veré cómo van a comparecer éstos caraduras del demonio!” le dijo Andrés a Gabriela mientras esperaba que el tiempo pasara para iniciar la sesión.

“Mira... todo es posible con ésta gente, y si se le puede llamar gente a éstos irresponsables” – le dice Gabriela.

“Irresponsables es poco... todo es poco Gaby, supera todo lo conocido... Sería algo semejante con lo de un hospital cuando se habla de abandono de persona” – le dice Andrés.

“Y menos que estamos en España, lo qué sería si esto hubiese sucedido en un país del tercer mundo...” – dice Gabriela.

“Olvídalo... mira acá, peor allá” – dice Andrés.

Por el accidente fueron culpados los encargados de prestar la guardia en la noche de ese accidente, tres ingenieros y siete ferroviarios que prestan funciones diversas en Empalme Zamora.

Despacio se fue llenando la sala. El fiscal dio inicio a la sesión. Para Andrés y otros más, era un momento crucial. El fiscal empezó a interrogar a los ingenieros, uno por uno:

“¿Ustedes forman parte del plantel de guardia de la empresa RENFE?”

“Sí” – fue la respuesta.

“¿Cuándo correspondía hacer la guardia?”

Y entre ellos empezaron a discrepar. “Ese día no teníamos guardia” – decía Talavera. Marion decía “Pero vos estabas de licencia” y Anaya adujo “Era mi día de franco, la empresa no había designado ingenieros para la guardia de ese día”.

Ante las discrepancias, se generó un largo silencio. Andrés se masticaba la bronca para sí mismo. El fiscal consultaba con los otros integrantes del tribunal y resolvieron ir a cuarto intermedio. En ese lapso, Andrés llama a Ulises:

“Ulises, estoy en el tribunal” – le dice Andrés.

“¿Qué tal los ingenieros?” – pregunta Ulises.

“Se están contradiciendo entre que uno dice que tenía franco, el otro que tenía licencia y otro que dice que no había guardia para ese día” – le dice Andrés.

“No Andrés, eso es mentira. Yo cuando pasé por la guardia del taller, al prestar el último servicio desde Porto a Empalme Zamora, ví la planilla” – le dice Ulises.

“¿Y quién estaba?” – pregunta Andrés.

“Los ingenieros Anaya, Talavera y Marion” – le dice Ulises.

“¿Qué hago ahora si el fiscal se traga esa mentira?” – le pregunta Andrés.

“Fácil viejo: consigue un testigo. Mira que simple” – le responde Ulises.

“Gracias, que buena idea me diste y vos serás el chivo expiatorio. Y conseguime el teléfono del maquinista del tren de carga que llegó esa noche a Empalme Zamora” – le dice Andrés.

“¡Estás loco! ¿Quieres que me rajen?” – le dice Ulises.

“Mira, es arriesgado pero si dejas que esto quede impune, RENFE va a seguir haciendo lo que a ella se le canta las pelotas” – le dice Andrés.

Andrés volvió a la sala. “Gaby, estoy en la mía. Estos desgraciados van a fraguar una semejante mentira para zafar y no asumir la irresponsabilidad de abandonar la prestación de una guardia mínima” – le dice Andrés a Gabriela.

“Razón de más, díselo al abogado y que se entere el tribunal, antes de que sea tarde” – le dice Gabriela.

Y al final se levantó la sesión. Andrés y Gabriela fueron a buscar al abogado. “Doctor Fuentes, suerte que lo encuentro” le dice Andrés.

“Andrés... va bien el caso, solo hay que ver qué siguen declarando los ingenieros” – le dice el abogado.

“Eso justamente, doctor, de eso hay que hablar” – le dice Andrés.

“Pues acompáñenme al estudio y cuéntame qué hay” – le dice el abogado.

Los tres suben al auto y salen rumbo al estudio jurídico. Tras veinte minutos de viaje, llegan al estudio.

En el escritorio, Andrés empieza a contar:

“Doctor, supe que los que los tres ingenieros declararon es toda una farsa que armaron para zafar” – dice Andrés.

“¿Qué te llevó a pensar eso?” – pregunta Fuentes.

“Pues en las estaciones grandes siempre tiene que haber una guardia mínima y en ellas siempre tiene que haber un mínimo de tres ingenieros disponibles. Cuando adujeron lo que adujeron, me sonó demasiado falso como para creer que ellos estuviesen diciendo la verdad” – le dice Andrés.

“A menos que hayas tenido acceso a alguna planilla...” – le dice el abogado.

“Yo no, pero un compañero mío sí. Por eso yo tarde un rato largo en volver, porque estuve hablando por teléfono y me dijo que esa noche sí tenían que prestar servicio en la guardia. Él vio la planilla, porque en la guardia siempre está la planilla a firmar” – le dice Andrés.

“Lo que se puede hacer es buscar testigos y pruebas para dejar en claro que dichas personas no se presentaron esa noche a trabajar” – dice Fuentes.

“¿Testigos? Le rompo la paciencia a Ulises...” – dice Andrés.

“Pero alguien más que Ulises sabe...” le dice Gabriela.

Hasta el llamado de la nueva sesión, Fuentes y Andrés andaban tras la búsqueda de pruebas. Fueron afortunados de encontrar la planilla en la guardia y que la empresa no la hubiera hecho desaparecer “No desapareció porque la escondí en un armario” – le dice Ulises.

Con las pruebas fueron al Tribunal y las presentaron ante el fiscal. El final despacito empezaba a escribirse. Pero quedaba llamar a la sesión para dictar la sentencia.

Uno por uno los días fueron pasando. Pero el día llegó. El tribunal dio inicio a la última sesión.

Había mucha concurrencia. Muchos querían saber el final de un viaje que hacía rato estaba pidiendo justicia. Y no era para menos, había pasado tan solo ocho meses y las marcas seguían abiertas.

El fiscal empezó con la lectura de los alegatos. Andrés miraba a todos lados pero no le soltaba la mano a Gabriela, sus lágrimas empezaron a correr por sus mejillas mientras el fiscal continuaba con la lectura. Unos asientos más atrás estaba la familia de aquel panadero que lo acompañara en ese viaje en el espanto ferroviario. Muchos buscaban un consuelo.

Pero los culpables permanecieron inmutables, mirando la pared impasibles. Hasta que el fiscal anunció “El Tribunal de la Ciudad de Pontevedra resuelve condenar a los ingenieros Anaya, Marion y Talavera a la pena de 40 años de prisión por abandono de guardia e irresponsabilidad ante terceros. Los restantes integrantes de la guardia son condenados a la pena 35 años de prisión por los mismos cargos que los ingenieros. Son las 19 horas, 42 minutos y el caso queda cerrado”.

Los culpables fueron llevados por la policía provisoriamente a la comisaría de la localidad y al día siguiente al penal de la ciudad de Oviedo. Ellos purgan su irresponsabilidad de la tragedia de ese viernes.