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lunes, 16 de junio de 2008

Cuentos de Alcoba 2007 VIII: Sueños belgranienses

Nota: Toda semejanza con la realidad es pura casualidad


Era un día tormentoso. El cielo se caía a pedazos de lo negro que estaba.

En casi todos los andenes de Retiro Belgrano, los trenes de Ferrovías llevaban y traían pasajeros de diversos puntos de la zona norte.

En el andén 3, un tren de esa misma empresa, esperaba para partir, no con destino a Villa Rosa, sino... un destino incierto.

“Tren de las 16.29 con destino a... se encuentra en horario de partida” – fue lo que dijo el altoparlante. Después de eso, la bocina de la G-22 sonó y sus motores aceleraron para llevarse esos tres vagones con un destino incierto.

Y yo estaba en ese tren. De chusma, o qué, supe que el guardatren era de Pilar y el maquinista de Villa Rosa. Pero otra cosa sé que en ese destino incierto solo es una pobre estación y punto, porque gracias que Ferrovías mande un tren y démonos por satisfechos, al menos vamos y venimos dos veces por día...

La zona local ya es como una eterna figurita repetida. Pero contemos que también tiene algunas paradas. En la primera, Aristóbulo del Valle, junto mucha gente. Y sigamos viaje a Boulogne Sur Mer. Allí levantó otro tanto.

El tercero es Grand Bourg para finalizar en Villa Rosa, luego de ahí en adelante, según el itinerario, para en todas.

Eran las 23.30 cuando el tren llegó a ese destino ignorado. El tren se fue a hacer la maniobra pero parece que había una medida gremial, paro, no sé, porque se estacionó para dormir.

***

Este destino incierto sé que es dentro del territorio bonaerense, hay mucho campitos, callejuelas de tierra y somos unas 12 manzanas, creo, con una laguna. De la ruta estamos a tres años, yo hace tiempo que me instalé, aunque el trabajo acá es lo que se pichulea, nadie viene a meterse en este agujero, a menos que seas el afortunado de venir ya con trabajo.

En este pueblito no hay un miserable ferroviario. Solo una estación muda. Gracias todavía que tenemos contacto con Retiro...

Pero me encanta este lugar... es mágico, salido de un cuento de hadas, ranchitos, casitas de ensueños... lo amo.

***

Se usa mucho que las muchachas sean algo reacias y que los hombres sean algo rudos, no se los debe culpar, para nada.

Todos coquetean con todos, pero quien es nuevo aquí, inmediatamente es identificado.

¡Y no se dan una idea de cómo cuentan las correrías!

Pues yo sé de la correría de este amigo de Ferrovías que... pa´ qué les vi´a contar...

***

Mateo es ese chico flaquito, alto, con sus años encima, pero por sobre todas las cosas, según el popular “El chico que conduce”.

Hace tiempo sabía que él vivía en Villa Rosa, luego supe que no le simpatizaba para nada venir a este paraje desolado. Según dijeron las malas lenguas que era por “motivos personales”.

Siempre he tratado de acercarme a él pero él es como que... me esquivaba, o me hacía el típico no sabe, no contesta, cosas así. Al final acabé en la conclusión de que era uraño y antisocial.

¿Pero quién dijo que esa medida de fuerza gremial lo obligaría a pasar un lapso de tiempo en este paraje? Eso sí que estuvo buenísima...

Yo estaba bajo una planta, en la pulpería, cuando apareció él y entró. El chabón que sirve las bebidas en el mostrador le dio creo un trago, porque me parece que era algo parecido que pidió. Luego vino hasta afuera:

“Se va a agarrar una curda de la puta madre...”

“¿Quién?”

“El chico que anda en la locomotora”

“¿Qué está tomando?”

“Una margarita”

“¿Qué tono te puso?”

“Uraño y antisocial”

“Es un pelotudo... y va a andar en pedo, lo van a rajar de la empresa”

Fuimos los dos a solicitarle que se dejara de joder con la bebida, pero llegamos tarde. Ya la curda se le notaba en los ojos, y hasta se puso algo agresivo hacia nosotros. Por suerte, pasó el milico que le dio un estate quieto y lo logró poner en vereda.

Esa semana, la borrachera del chico de la locomotora andaba en boca de quien quisiera oírla.

A la semana siguiente, he vuelto a ver a Mateo. Contra todos los pronósticos, él se bajó de arriba para hacerme unas preguntas:

“Señorita” – dijo.

“Tu dirás”

“He sabido que acá hubo unos comentarios...”

“Tales cómo...”

“¿Quién se puso en pedo hablado en criollo?”

“Usted Mateo. Usted solito...”

“¿Y usted cómo lo sabe?”

“Muy sencillo: yo estaba bajo la planta ese día. En los pueblos, ciertas cosas son de peligro, nos conocemos todos con todos. También nos agredió, vino el policía a ponerlo en vereda”.

“¿Yo hice eso?”

“Sí ¿Te da vergüenza...? ya pasó”

“Disculpe el mal trago... no lo haré más” – fue lo último que dijo y se fue raudamente.

A mí ni me iba, ni me venía...

***

“¿Por qué siempre huye de mí?” – le solté un día que estabamos en la cantina.

Recuerdo que estaba bebiendo.

Apoyó con cierta fuerza el vaso sobre la mesa. Y me contestó no con buenos modos “¿Y usted qué anda molestando acá?”.

Lo miraba pasmada. Él estaba borracho. Al menos era la segunda borrachera que le conocía. Parece que ni San Mateo, que está en el cielo, se acordaba del que estaba en Tierra.

Esta vez, hizo algunas cosas medio morbosas. Y no hubo más remedio que llamar a la policía. Así fue como termino unas horas en el puesto de vigilancia.

Parece que esto llegó a oídos de la empresa, supe días después. No venía y no venía. Muy sencillo: lo habían rajado.

***

Diré que un día me apersoné en la oficina de Ferrovías y logré mediar muy pacíficamente para que Mateo volviera. Pero él piensa que fue algún delegado del gremio el que lo hizo reincorporarse, hasta que le dijeron que había sido un civil común.

Sí, fui yo. Pero ya ni lo esperaba, porque conocía sus actitudes urañas y poco sociables. Aunque me sorprendió una noche, cuando llamó a mi puerta, y me pidió un lugarcito para pasar la noche.

De veras que llovía a cántaros. En este paraje, no se acostumbra a negar la cama a alguien, así que le dí un corto hospedaje. Pero antes de dormir, intercambiamos algunas palabras:

“He sabido que mis escándalos en este paraje hicieron que me sacaran de la empresa”

“Tanto no sé...”

“Siempre crei que fueron los delegados gremiales los que mediaron mi reincorporación, hasta que la empresa me dijo que había sido un civil”

“¿Le dijeron quién?”

“Dieron una descripción, pero ahora que recuerdo, por esa descripción, a usted le debo mucho más que las gracias... todo”

***

De ese último encuentro, recuerdo que lo acompañé a tomar servicio. Él se marchó con el tren rumbo a Retiro para... nunca más regresar.

Y yo aquí sentada en el andén sigo esperando ese tren... y a don Mateo.

Cuentos de Alcoba 2007 VII: Cuestiones de señales II

3ª parte


“Ah, sí, tres días después saltó todo esto, se generó un revuelo en toda Bahía Blanca, pero para eso, podían estar tranquilos porque habíamos hecho el trabajo sucio. La policía vino a desenterrarlo tres días después de haberlo linchado nosotros, pero no la llevamos de arriba. A ellas les dejó la huella indeleble, y nosotros con antecedentes judiciales... nos arrestaron por cinco días, más la larga suspensión que no tengo ganas de recordar, solo recordaré al fiscal cuando nos dijo a todos en la cara “Vayan tranquilos, ustedes son inimputables”” – termina.

Lo miro y no termino de imaginar como el amigo podía haber participado de un linchamiento de esa clase.

“No es fácil, pero cuando el desprecio hacia alguien, en especial, de esta magnitud, no tiene límites... podés enloquecer y volverte loco... haces cualquier locura” – me dice.

“¿Y El Despreciable?” – pregunto.

“¿El Despreciable? Se llama Walter Zamora. Tenía historias como cualquier señalero, pero una vez se pasó de mambo. Mantuvo una larga historia con una nena de 12 años, durante unos 2 años, aproximadamente. Por delante, parecía una persona muy normal, pero de las puertas para dentro, tenía sus ñañas. Descubrieron esto cuando una vez, a esta nena le hicieron un test en la escuela, uno de unos dibujos y saltó la conducta de este tipo. Por suerte, lo llevaron a la comisaría desde su domicilio, no vinieron hasta acá. Ni el sindicato pudo respaldarlo, pero también estábamos listos para echarlo a la calle. Le digo Despreciable porque corrompió una menor, y como dice por ahí, con los chicos No” – cuenta y resalta la última palabra.

Me relajo. Me tomo el vaso de jugo que me dio. Le pregunto “¿Habrá alguna historia prohibida con final feliz?”.

Me mira a los ojos por unos largos minutos. Me sigue mirando como examinándome. Luego me dice “Para saber de una buena historia prohibida, nada mejor que la protagonices en primera persona”.

Lo miro y tardo unos minutos en contestar.

“No acostumbro a este tipo de correrías...” – contesto.

Me mira. “Seguramente porque deseas conservarte fiel a tu príncipe azul ¿no? ¿Pero piensas que él te será fiel a ti? Yo personalmente no lo creo, y eso que todo conocimiento tuyo que tengo es este largo rato que estamos conversando. Pero, te hago conocer mi política: te arrepientes ahora, o sigues adelante, no permito arrepentimientos en medio del baile” – me dice.

Asentí. “Deseo formar parte de una historia prohibida” – le dije.

Agustín se levantó de la reposera y vino hacia mí. Me tomó de la mano y me levantó. Luego de abrazarme, me llevó a su camita, tirándome muy suavemente. Yo quedé abajo, pensaba en cosas raras, pensé “¿Qué hice? ¿Y ahora?”. Agustín, firme en su política, seguía adelante. Sentía en mi cuerpo las manos de Agustín, yo no sabía qué hacer, mientras él me acariciaba y me daba besos en el rostro. Llegó un momento en el cual me sentí tan incómoda que supliqué “La voy a cortar aquí”.

Lo miré y Agustín me miro, con ese tono un poco seco, me dijo “¿Recuerdas qué te dije antes de empezar esto? Estas en el baile pero si te sientes extremadamente incómoda, no hay problema”.

Lo último me hizo sentir algo de calma, pero entendí que si quería ver de veras esto, que debía seguir en el baile. Le dije “Entiendo, pero me va a hacer bien”.

Casi como si me hubiera relajado, dejé que las manos suaves de Agustín hicieran lo suyo. Para eso, me animé a hacerlo yo también, me hizo bien, hasta que llegó ese momento del intercambio agradable de microbios. No pudimos parar por un rato muy largo. Me dice “Esto recién empieza...”. “Ya lo creo” – le digo.

Parecía muy inocente, pero bien sabía que iba a terminar para el lado de los tomates “Esto termina en las chuletas” es la frase preferida de Agustín, entonces, mientras estábamos apretados, tuvo mano suficiente para quitarse los atuendos y quitarme los míos también. Vaya, vaya, me era raro, estaba con una persona extraña en paños menores. Y el hombre sabe, no es ningún tonto “Hagamos las cosas adultamente” me dice y veo cómo se protege él para cuidar a su compañera en la cama. Lo miro y me dice “Usted y yo hablamos el mismo idioma, los dos sabemos las teorías y las prácticas de esto”.

Tenía razón. Porque fue cuando me abrazó como un oso, en la cama, los dos fuimos para el lado de los tomates. Era increíble, estábamos ahí, los dos, encerrados, todo muy quieto, nadie perturba en la noche. Qué mejor que pasarla bien. Y claro que la pasé muy bien, por eso quise saber si Agustín le había pasado lo mismo. Me sentí contenta de saber que sí. Estábamos relajados, en la cama, pero bien sabía que vendrían algunas más...

Fue una noche algo extraña para mí, pues me despedí de Agustín con la sensación de haber conocido un señalero un tanto reacio, pero al cual le había arrancado algo más que una sonrisa... su intimidad.

Cuentos de Alcoba 2007 VI: Cuestiones de señales II

2ª parte


“Pero siempre hay alguien por el cuál uno puede sentir más asco aún...” – le plantee.

“Tengo algunos que son peores que el que acabé de contarte. Tengo tres historias más, todas con un común denominador: el delito. La primera, le digo Manos cariñosas, órganos violentos, la segunda la bauticé el mano larga y la tercera la llamo el despreciable. Elige una pues” – me dice Agustín.

Pensé unos segundos pero con los nombres que le había dado, me era imposible sacar el delito que escondían. Entonces elegí una al azar “Elijo pues la historia de “El Mano Larga”” – le dije.

Suspira. “El Mano Larga fue un compañero llamado Rafael César Cestillo, era en un entonces que nos habían mandado a Grumbeïn. Como compañero, era un tipo excelente, pero un buen día empezó a deambular el mundo pesado de las drogas pesadas. Como la droga es algo caro, primero apelaba a consumir todo el sueldo disponible, también inicialmente tenía muy en claro en qué momento hacerlo, pero llegó un momento que lo ayudaron las malas juntas. Me acuerdo que una vez lo ví drogándose y él se dio cuenta. Estaba excitado. Amenazó con matarme si lo delataba. Yo le dije que a ninguno de mis compañeros buchoneo, ni hasta el más peor, salvo que sea muy despreciable. Entonces me dejó irme, pero me quedó grabada la imagen de los ojos desorbitados, como lleno de vitalidad, con la necesidad de descargar la energía... Hasta ahí, nada del otro mundo, después siguió por caer en el mundo del delito. Empezó haciendo el robo del punga, a eso le adicionó el aprender a asaltar con un elemento hiriente, nunca utilizaba pistolas hasta que descubrió que los jubilados eran un blanco fácil a quienes sustraerles dinero. Conforme robaba el dinero, iba corriendo a comprar la droga y volvía el mismo vicio. En Grumbeïn, todos estaban hartos porque sabían quien era el delincuente, la policía hacía la vista gorda. Pero un día fue a asaltar a un alguien equivocado, un concejal de Bahía. Lo asalto, perfecto, pero como lo denunciaron en la comisaría de Bahía Blanca, lo vinieron a buscar hasta el cabín donde estamos ahora. Estábamos tomando mate cuando irrumpieron los milicos y sin mediar palabra, lo tiraron al suelo, lo esposaron y se lo llevaron. Y yo quedé con el mate en la mano mirando lo que hacían con él. Muy poquito tiempo después supe que lo habían condenado a unos largos 20 pirulos de prisión, por robo a mano armada. Hoy está en libertad pero se fue a vivir a Colonia Caroya, Córdoba” – cuenta.

“¿Y ahí?” – pregunté.

Hace un gesto indicando que ignora a qué se dedica.

“Ahora te contaré las Manos cariñosas, órganos violentos” – me dice.

“Por como la has llamado, debe ser un poco peor que la anterior” – le digo.

“Lamentablemente sí, pero la que le sigue, es más asquerosa aún. Estos sí que merecen que se divulgue el nombre y el apellido, porque bien sucio que lo tienen... pobre madre la que lo trajo al mundo, menos mal que murió cuando él tenía 6 años, bueno, el padre la mató de un escopetazo. Volviendo... se llamaba Héctor Paredes, era corpulento el hombre, mediocre como él solo, tenía correrías amorosas con sus amigas, mujeres... sabes, pero muchísimo tiempo después descubrimos algo espeluznante: las llevaba al catre bajo amenaza de muerte... nunca pudimos comprender cómo una persona podía tener la capacidad de someter a la otra por el lado íntimo... una cosa es hacer una daño físico como herir una mano, una pierna, lo que sea, otra muy diferente era el otro daño, el que deja huellas... si no hubiera sido porque... Natalia, es el nombre que siempre damos, nunca usamos el verdadero, un día se sentó a contarnos la clase de compañero que teníamos nosotros. Nunca supimos con certeza cuántas fueron, pero ella nos pidió encarecidamente que hiciéramos algo, lo que fuera. Por esas cosas raras de la vida, su última fechoría lo mandó directo al muere. Recuerdo perfectamente una noche, una mujer deambulaba por la playa como buscando algo. Me la topo y empieza a gritar. Quedé mirándola, entonces pensé que algo podía haberle sucedido. Y ella volvió a bajar la cabeza. Yo la llamé Micaela, el real es otro, nerviosa pudo decirme lo qué le había sucedido. Muy angustiada, me llevó hasta el lugar y me lo señaló con el dedo índice izquierdo. Él miró haciéndose el desentendido, pero ya hacía rato lo estábamos espiando por sus fechorías. Le pedí inmediatamente a Micaela que fuera a buscar a mis compañeros al edificio principal. Mientras él daba explicaciones idiotas, lo miraba con más desprecio... repugnancia, nada me alcanzaba para seguir odiándolo. Finalmente vinieron mis compañeros y les dije la milanesa. Ya no sonaba sorpresa, y esperar que lo echaran, podía ser tarde, así que nosotros, por cuenta nuestra, decidimos que no tenía cabida en este mundo” – cuenta.

“¿Y cómo siguió después?” – pregunto ansiosa.

“Entre todos lo llevamos, a los gritos pelados al andén polvoriento. Era de noche, bien de noche. Parecíamos todos de acuerdo que a éste tipo teníamos que desaparecerlo de la faz de la tierra. Nos hacía compañía hasta un perro. Pero antes de sacarlo, nos ocupamos de que sufriera de la misma forma que lo había hecho con las mujeres. Nada mejor que tuvimos una botella a mano, la reventamos contra el suelo y sacamos un trozo, lo suficientemente filoso para cortar, y uno de ellos se encargó de hacer el trabajo de cortarle la pilchas mientras los demás hacíamos de estacas, teniéndolo en el suelo boca arriba. Gritaba como un marrano. No nos importó, nos importó sí un bledo. Mientras, diré quién hizo el trabajo, Basilio, fue el corajudo que llegó a la raíz del vicio. Pues, primero le hizo lo que en el campo le hacen a los animales, es decir, lo capó y le tiró las carnecitas al perro que estaba a la espera del bocado. En cuestión de segundos hizo desaparecer los pedazos de carne. Y nosotros gozábamos que él sufría, pero parte del escarmiento que quería que tuviera. Pero Basilio tuvo una idea aún más mejor: sin mediar palabras, tocó con sus manos y cortó desde el tronco el miembro que terminó en el estómago del perro, por lo menos, dentro del desprecio que teníamos hacia él, nos aliviaba pensar que alguien se estaba alimentando con la tripas de este odioso. Mientras, seguía gritando como marrano, tenía motivos de sobra para hacerlo. Yo me salió escupirlo en la cara, tenía asco, pero por lo menos, no tenía cargo de conciencia de que estaba matando a un justo, sino un innombrable. Otros de mis compañeros vinieron con un bidón lleno hasta los bigotes y se lo rociaron sobre él, claro, algunos nos mojamos, pero era lo de menos. Tiramos varios fósforos encendidos y empezó a arder como qué. Gritaba ya desaforado, sabía concienzudamente que se estaba quemando, pero nosotros no nos inmutamos por pedir auxilio. Dejamos que se quemara. Lástima que el fuego no logró consumirlo, y seguía con vida, inconsciente, claro, aunque sus carnes estaban expuestas al vivo. Entonces ahí se nos ocurrió hacer un pozo, lo suficientemente hondo y grande para meterlo ahí. No escatimamos en el sitio, ahí nomás, en la playa. Estuvimos largo rato cavando para meter a este maldito ahí. Lo metimos y le echamos tierra, tanta tierra que después nosotros la apisonábamos para que quedara lisita, como si nada hubiera pasado, pero el olor a combustible estaba en el ambiente. Por una supuesta lógica, la muerte ahí la iba a encontrar por la asfixia” – me relata.

“Ustedes hicieron justicia por mano propia... ¿pero nunca se supo?” – pregunto.


Continúa en la 3ª parte

Cuentos de Alcoba 2007 V: Cuestiones de señales II

1ª parte


Eran las 19.45 cuando hacía ya poco más de quince minutos el tren había partido rumbo a Plaza. El sol caía a plomo sobre la calurosa tarde, en un andén tan polvoriento como el que hay en la estación de trenes de Bahía Blanca.

Pensé para mis adentros que de alguna forma debía continuar mi paseo, pero el deslucido aspecto de la playa ferroviaria no me daba mucho ánimo para seguir dando vueltas allí, así que salí caminando por el medio de la vía.

Uno camina y mientras camina, piensa en las mil y un cosas, no puedo decir perfectamente qué era, solo sé que me detuve delante de una casilla tan alta... tranquilamente podría ser una perfecta vivienda para una persona. Salí de la vía, subí tranquilamente la escalera y llamé la puerta. Mientras pensaba que la persona que estaba adentro no sentía el calor para nada... yo me estaba cocinando, solo las ventanas estaban abiertas.

Segundos después un alguien me abrió la puerta. Tenía una mirada de perro, mal, me miró como queriéndome acusar de un delito. Secamente me preguntó “¿Qué haces aquí?”. Yo me quedé muda y fría como una estatua, ahí fue cuando no sentí más el calor, no supe qué contestarle... No sé, habrá sido eso lo que hizo que dejara entrever una sonrisa para decirme “Adelante”.

Agradecí. No le desprecié la invitación. Inmediatamente tuve la sensación de entrar a un sauna. Sauna, horno de panadería, horno de ladrillos, todo lo caluroso le cabía. El calor que hacía ahí dentro era insoportable, a pesar de los dos ventiladores encendidos que tenía “Verás que acá dentro hace tanto calor como en el Sahara” me dijo.

“¿No se sentiría más cómodo si nos vamos a afuera?” le pregunté inocentemente.

Sin emitir ninguna respuesta, apagó los ventiladores y fuimos a afuera.

“Todos los veranos son lo mismo, uno está pero tranquilamente podrías deshidratarte...” – me dijo describiendo lo que sufre en el verano.

Nos sentamos en el borde del andén. Bien no sabía a qué había ido a molestar a ese hombre.

“No me malinterprete, usted sabrá, pensará que soy de por más ordinario pero le aseguro que es mentira” – me continúa diciendo.

“Si supiera que...” – dije y me cortó.

“Ya sé que estabas por decir: no me siento cómoda y tengo ganas de rajar ¿no? Le pido que no lo haga, la verdad, después de todo, me hizo muy bien que usted viniera, tengo necesidad de intercambiar palabras con alguien extraño” – me dijo.

En verdad, tenía necesidad de compañía “Usted sí que se siente un hombre solitario ¿verdad?” – le pregunté.

“Este trabajo, al menos acá, es solitario...” – me contestó y se quedó pensativo.

Minutos después de silencio, le pregunté “¿Por qué no se distiende? Deje de lado por un momento el reacio lenguaje rielero y hágalo más fluido” – le digo y lo miro.

“Tiene razón... y sobrada razón. No usamos nombres, somos meros apellidos o sobrenombres, pero el ser seco, es una herencia de jefes, supervisores, inspectores... toda esa maraña de superiores que están sobre tu cabeza” – contesta.

Nuevamente miramos la vía que lucía brillosa ante el sol que caía a plomo.

“Voy a pecar de chusma, pero me pica la curiosidad de saber cómo se llama usted” – me hace un planteo imperativo.

Yo contesté – “Yo me llamo Noelia. ¿Y tú?”.

Se quedó pensativo. Luego me contestó – “Me llamo Agustín... Agustín Coll. Tengo algunas cosas interesantes para que las sepas y varios puedan saberlas”.

“¿Se pueden contar acá?” – pregunté.

“Vamos al cabín” – me contestó, nos levantamos y fuimos al cabín. El calor había aflojado notoriamente “¿Tienes un abrigo para regresar después a la parada?” – me pregunta.

“No” – contesté.

“Después le doy una campera, no se preocupe, ahora viene lo mejor” – me dijo.

Me senté, cómodamente en el sillón que me ofreció. Él lo hizo en una reposera con un cuerito de oveja, para que sea más mullido.

“Verás, acá en los cabines son buenos sitios para historias e historias, en especial las otras” – empezó.

Lo miro.

“Usted sí que está lista para oír... Alguna vez, Bahía Blanca fue una ciudad esplendorosa, con muchos trenes... también muchos más empleados que los cuatro pelagatos que ves hoy en día. Acá en el cabín supimos haber hasta 15, claro, todos desperdigados en diversas partes. Cuando empecé, además de digerir la teoría y la práctica, amén de pagar el derecho de piso y todo eso, empecé a ver muchas historias prohibidas. La primera recuerdo que era un compañero jubilado actualmente, era especialista en mujeres... minitas por decirlo de una forma. A todas tenía la especialidad de envolverlas de una forma tal que caían rendidas a sus pies, les prometía un buen pasar, casa, lo típico de todo esposo en la vida de pareja. Las seducía no con flores, sino con cosas un poco caras para ese entonces. Joyas, alhajas... no era ningún tonto el hombre, era un flor de vivo. El problema era que mi compañero se jugaba el sueldo en las apuestas de azar, y el restante se lo tomaba. Cuando estaba solo, era cuando más se volvía empedernido en el azar y el alcohol... varias y reiteradas veces recuerdo haberlo visto totalmente en pedo en el trabajo... no coordinaba los movimientos, se mostraba con cierta morbosidad, era capaz de tocarse las partes íntimas... provocaba muchísima vergüenza en White. Nunca pude comprender como un tipo así tenía suerte con las chicas... y le pasaron señoritas con todas las letras. ¿Qué hacía con ellas? Mientras se ocupaba de seducirlas, siempre llegaba un punto donde tarde o temprano, las vivía económicamente, dejándolas sin un peso encima, endeudadas hasta la manija. Tal vez te preguntarás cómo lo hacía. Muy simple: era una suerte de harem, esos de los árabes. Tenía varias al mismo tiempo, supo tener tantas que todos los compañeros perdimos la cuenta, pero cada cuatro por tres nos desayunábamos con algún escandaloso final. Las paredes hablan ¿verdad? La cuestión es que él no solo las seducía inocentemente con un regalito, sino sabía como conducirlas hasta el catre. Todas pasaron por esa instancia, para bien o para mal, nadie zafó. Fue una época en la cual sentí repugnancia hacia él, a pesar de que soy humano y tengo mis sentimientos, sabes...... pero así fui dando mis primeros porrazos acá en este ambiente” – relata Agustín.

“Menos mal que está jubilado...” – le dije.

“Por suerte Noelia, tampoco está en tierra para escuchar que estamos hablando de él, que Dios por favor lo tenga allá consigo y no lo largue. Viejo de mierda, mañoso de porquería, disculpe mi lenguaje, nunca le tuve simpatía, no fue mi santo de devoción. Hace... unos 3 años se murió, se murió solo como un perro y enfermo a más no poder, todo por el alcohol, amén que a esa pobre familia, es lo único que valía la pena, les dejó cuentas... maldito azar” – me dijo.


Continúa en la 2ª parte


2003 – 5 años de mí – 2005: Blanco Jardín

1ª parte


Tren con destino a Tucumán despachado – fue la frase que se oyó en el altoparlante de Retiro. Segundos después, un convoy de la empresa TUFESA se ponía en movimiento.

Es invierno. Afuera hace mucho frío. Y eso que aún no ha llegado a la primer parada, Rosario.

Adentro, los pasajeros dormitan con el calorcito de la calefacción. En la máquina, un par de personas llevaban el tren. Silencio, demasiado silencio. Apenas se dirigen una mirada.

Estación Rosario. Afuera hace mucho frío, tanto que todos están muy abrigados. El intercambio de pasajeros dura tan solo... unos minutos.

Tan pronto el convoy sigue su marcha. El pasaje descansa. En la máquina sigue el silencio, como si estuviesen conduciendo en un ambiente montañoso. No. Es porque el conductor tiene una mala fama. Porque se puede ser delegado gremial pero no cabe en la cabeza de nadie tener tanta cizaña hacia sus pares. Pues sí, llámese con todas las letras: Edmundo Salerni.

Y el socio tiene sendos motivos para no dirigirle la palabra. Porque Jaime Loria sabe desconfiar. Y mucho más sabiendo que proviene de NCA. No por nada le valió este singular apodo: Ojo de lince, sabe donde hacer blanco.

Jaime y Edmundo parecen sumergidos cada uno en su mundo.

Estación Córdoba. El viento que sopla es incesante. La estación apenas luce iluminada, pero sus luces se mueven al son del viento. Los pasajeros están todos en la sala de espera. En la oficina del jefe, las luces están encendidas.

Un reloj en la sala de espera parece ser la eternidad porque el tren viene con bastante atraso. Y los pasajeros bancan la espera.

Mientras, en el tren, Jaime toma una linterna y mira el reloj que lleva en la pulsera.

¿Cuánto llevamos de atraso? – pregunta secamente Edmundo.

Más o menos unas casi dos horas – contesta Jaime y apaga la linterna.

¿Dos horas Loria? – pregunta irónicamente Edmundo, como culpando a Jaime del atraso.

Jaime miró a Edmundo y luego le contestó – Vos mismo estás llevando el tren... en todo caso, deberías autoculparte del atraso...

En todo caso, Encalada deberá encargarse de llegar a horario... – la siguió Edmundo.

Mirá Salerni... dejá de romper las pelotas porque Encalada es conductor, no Tu Sam – le dijo irónicamente Jaime.

Estación Córdoba. Con el viento incesante, el tren arribó con dos horas y cuarenta y cinco minutos de atraso. Mientras se estaba produciendo el intercambio de pasajeros, en la dotación de conductores también esperaban para el intercambio.

En los largos minutos que el tren estuvo parado, Jaime Loria y Blanco Encalada tuvieron tiempo para hacer un intercambio de palabras.

Che Blanco... ¿no notas el ambiente enrarecido? – pregunta Jaime.

¿En qué lo notas? – contesta Blanco.

En que... bueno, este delegado... mirá si me va a salir... este Salerni... me huele a mala alimaña – dice Jaime.

¿Recién te das cuenta de eso? – dice Blanco.

Pensé que por ahí no lo habías notado – contesta Jaime.

Igual, no te preocupes. Vos sabés que acá dentro siempre hay boludos rematadamente boludos a los cuales les venden un buzón y sabés como les lavan el cerebro... – dice Blanco.

Lo boludos están delante de nuestras narices... pero los chantas y los garcas, son los que desgraciadamente hay que besarles el culo – dice Jaime.

Entre ellos se produce un pequeño silencio. Blanco ve a Edmundo Salerni dando vueltas en el tren - ¿Y este animal? ¿qué cornos merodea? – pregunta.

Tienes suerte porque ya cumplió su horario – contesta Jaime.

¿Lo bancaste desde Retiro hasta acá? – pregunta Blanco.

Sí. Y lo peor es que se puso al mando del tren, a mí obviamente me importa tres cominos, pero cuando le dije que llevábamos unas casi dos horas de atraso, me mandó unas indirectas... – dice Jaime.

¿Indirectas? ¿y se puede saber por qué? – pregunta Blanco.

Indirectas como diciéndome que el culpable del atraso era yo. Y después la siguió contigo. Dijo que vos deberás encargarte de recuperar el atraso que lleva el tren. Yo acabé diciéndole que magia no hacés – dice Jaime.

Siempre tuve la creencia de que Salerni es idéntico a un conejo negro... ni los magos lo hacen laburar – contesta Blanco.

Suena la campana. Blanco y Jaime se despiden. El convoy sigue su marcha.

Jaime observa que el tren se va, en tanto que Edmundo se acerca - ¿Ya charló bastante con su amigo?

Jaime se dio vuelta - ¿Y a usted qué carajo le importa lo que hago con mi vida personal?

No, a mi para nada. Siempre y cuando no se trate de cuestiones laborales... – dice Edmundo.

Y si fueran cosas de laburo ¿qué? – contesta firmemente Jaime.

Para eso estamos los delegados – dice Edmundo.

¿Y? ¿sabés qué? Los delegados me chupan un huevo – contestó de lleno Jaime.

El tren sigue la marcha. A las dos y cuarenta y cinco minutos de atraso que tenía al llegar a Córdoba, otras dos horas más se le sumó de atraso.

A Blanco le sudaban las manos. Nervios, le dicen. Se seca las manos en el pantalón y vuelve a tomar el controller.

Estación La Banda, Santiago del Estero. Blanco se asoma por la ventanilla de la locomotora como haciendo una súplica a los pasajeros que hagan el intercambio tan pronto como sea posible. Y no despegaba sus ojos de los pasajeros, que se tomaban el tiempo. El guarda, camino hasta la locomotora.

¿Qué pasa Blanco? – pregunta el guarda.

Blanco quedó mirando impasible, hacia ninguna parte. Quedó mudo.

¿Sucede algo que estás sudado? – vuelve a insistir el guarda.

Blanco reacciona – No, no.

Pero hace un frío infernal y vos sudás... bajá un poco la temperatura de la calefacción de la locomotora... – dice el guarda.

No... la tengo apagada... – contesta Blanco.

¿Y entonces? – pregunta el guarda.

No tengo tiempo de contarlo acá... – dice Blanco y vuelve a mirar a los pasajeros que aún no han finalizado el intercambio – Los minutos que se pierden en el intercambio de pasajeros en las estaciones son minutos preciosos para llegar a horario.

Blanco bien sabía que el atraso del tren era debido al estado regular de la vía. Sabía que los pasajeros no eran los culpables, pero ante una presión así, todo se juntaba en él.

Media hora más tarde, Blanco puso en marcha el convoy. Suplicaba que el tiempo se detuviera.

Finalmente logró llegar a Tucumán. Lo primero que miró fue el reloj y se dio cuenta de que había sumado seis horas de atraso.

Blanco caminó hacia la oficina de la empresa. Allí lo esperaba una llamada telefónica.

¿Qué se encargó a usted? – fue la pregunta que sonó en la oreja de Blanco.

¿Qué? – preguntó Blanco sin entender.

Si usted no recuerda el encargue que se le hizo – volvió a decir Edmundo.

Blanco puso una mano en el tubo del teléfono. Un inspector le preguntó - ¿pasa algo Encalada?

Blanco colgó el teléfono. Firmó el parte diario y se fue.

Cinco días después volvió a estación Tucumán para tomar servicio nuevamente. Al pasar por la oficina, encontró una notificación - ¿Por qué no cobraré mi sueldo? – preguntó Blanco a un administrativo.

Y no le supieron contestar. ¿Por qué no le preguntas a alguno de los delegados gremiales? – le dijo al final el administrativo.

Tres días después, fue a ver a Salerni, pero en Retiro.

Salerni... mira, en Tucumán me entregaron esta notificación de que no podía cobrar mi sueldo, pregunté y nadie supo contestarme – preguntó Blanco a Edmundo.

Bueno, hazme una notificación que dentro de dos días te contesto – le dijo Edmundo.

Blanco hizo una notificación y se la entregó a Edmundo. Algo le hizo desconfiar a Blanco que Edmundo no iba a hacer la averiguación.

Dos días después, se cumplió la profecía de Blanco: Edmundo no tenía noticias sobre el no cobro del sueldo. Le acusó diciéndole que no tuvieron tiempo para contestarle en la empresa.

Pero como Blanco no era ninguna clase de maquinista tonto, resolvió ir personalmente a la empresa.

¿No apareció por casualidad por aquí el delegado Salerni con un reclamo mío? – preguntó Blanco a un jerárquico.

El jerárquico dio un giro de 360º con sus ojos y le contestó – No que yo sepa, a ver – y le pregunta a los demás - ¿Alguien recuerda que haya aparecido Salerni con un reclamo de Encalada?

Los demás contestan que no, algunos oralmente, otros con la cabeza.

No – le dice el jerárquico.

Blanco se quedó mirando al jerárquico, y luego miró el papel.

¿Cuál es el reclamo? – pregunta el jerárquico.

Es por esta notificación que me apareció en Tucumán por el no cobro del sueldo... – contestó Blanco.

Mirá, esto es simple. En este momento estamos así, a cuatro manos. Pasá mañana por acá que vamos a contestarte – le dijo el jerárquico.

2003 – 5 años de mí – 2008: Punto oeste

Esta es la historia – así narra Andrés – de una mujerzuela oriunda de la localidad de Casilda, Santa Fe, a la que le gustaban muchísimo los trenes.

Cuando los tiempos se lo permitían, una de sus costumbres era irse a mirar trenes a Rosario, ya que en su ciudad, eran parte de un pasado irremisible.

Con mucha celosía preservaba una cámara fotográfica que le había regalado su abuelo: según hubieran pasado los años, aún continuaba retratando aquellos fierros que ruedan por territorio argentino. También había aprendido a guardar dinero para poder utilizarlo en lo que quisiera. Lamentaba estar fuera del alcance de la tecnología disponible en las urbes.

Dígase. Esta chica santafesina, llamada María Gisela Marcos Paz, un buen día vino a Buenos Aires. Los tiempos le eran pocos para visitar todo que quería hacer. Nunca se le hubiera ocurrido pensar que alguien de buen corazón y fe le ofreciera llevarla en la cabina. Agotó el rollo fotográfico en poquitos tiros... Sus ojos miraban absortos cómo pasaba ese paisaje de vías, durmientes, estaciones y gente y más gente. 45 minutos a Ezeiza. ¿Y después? Muy suavemente comenzaron a correr sobre ese inocente rostro unas gotitas que dibujaban el ardiente deseo de seguir viaje... sí, viajar, a donde fuera, a cualquier parte donde la llevaran los rieles. El asunto era viajar.

Y los últimos rayos solares estaban indicando el final del día. Su sombra se hizo tan larga que la noche ganó terreno. Y el motorman ya tenía otra mirada de ella... se frenó.

Mientras tanto... deshojo tantas hojitas del almanaque hasta que partió desde Lacroze con el trayecto con los muertos... dejémoslos en paz y sigamos camino a... creo que Posadas. Lloró desde el camarote... en el silencio y en la comodidad del camarote, de pensar que se iría de travesía a Posadas, la tierra colorada. ¿A comer bananas? ¿Cacao? Mmmm... tal vez algo de eso, pero desde mi lugarcito, le debía un gran respeto.

Santafesina... me contó de las miles de veces que su padrino, un laburante del campo, la ha llevado a bordo de alguna cosechadora o un tractor, pero cortitas distancias. Lo que nunca se me hubiera ocurrido ver es una fotografía del túnel subfluvial que une a los santafesinos con los entrerrianos... lo que es vivir y trabajar en el campo. Así vive Gisela, una chica de 14.

Nuestra travesía camino a Posadas terminaría siendo la más corta... no es porque hubiéramos quedado a la vía, bueno, por quedar en la vía y yo por llevarla a sacar fotos al playón en... no recuerdo bien en qué ciudad de Corrientes, pero no es la popular Monte Caseros. Creo que es en Libertador General José de San Martín.

Las horas pasaban y mientras estábamos esperando que ALL enviara una máquina, nos sentamos en el suelo a esperar... y esperar. La espera acabó en una tristeza cuando la ví marchar para cruzar la vía y fotografiar un espejo de agua. Me dí vuelta y el tren se la había tragado...

Pasó el carguero. Mi corazón estaba hecho mil pedazos. ¿Y ahora? Después que pasó el carguero, me acerqué a la vía y no más era un cuerpo hecho trizas, en medio de un charco de sangre. Sé que tomé un móvil y llamé al número de emergencias, pensando que tal vez podría salvarle la vida. He estado horas y horas en ese hospital cuando un profesional dijo en textuales palabras “Su estado es irreversible”. Yo sé que estuvo como 47 días... 47 eternos días peleando junto a un respirador, cuando me dí cuenta que era un engaño. ¿Para qué? No sigamos prolongando este sufrimiento y demos vida a otros, yo sé de compañeros míos que necesitan ese riñón, ese corazón, ese pulmón... dale Gise, no me escuchas, pero con todo el dolor del alma, para acabar tu dolor, prolonguemos vida.

Nunca diré cual fue el día que expiraste, ni en Casilda jamás sabrán que una partecita de ella está... dispersa en los rieles. Perdón por no avisar.

2003 – 5 años de mí – 2008: La vida en Carmen de Patagones

Son las 8 en punto de la mañana cuando el capataz de la cuadrilla pasa asistencia. Nadie falta, están todos presentes. Hasta el jefe abre todos los días la estación para limpiar el andén y después... el trabajo, sí, el trabajo del jefe, el más conocido, cobra color y sentido cuando llega el día viernes, sábado y domingo. Esos días la gente corre a la estación en busca de su boleto, averigua horarios y despacha trenes. ¿Y los demás días? Salvo cuando aparece algún tren de carga, su vida de ferroviario en esa localidad es sumamente aburrida.

Un poco menos aburrida es para la cuadrilla, 15 hombres al mando de un capataz que está a punto de jubilarse. Tratará de estar todo el tiempo posible al servicio de los rieles, pero reconoce que hay que dar un paso al costado. Siempre les promete no dejarlos en la vía muerta. Su sabia mano, esa voz que suena como eco, hace que la cuadrilla capte hasta el último punto y coma de cada orden. Ellos reparan lo que pueden, no tienen la culpa. Hacen lo que pueden, o lo que tienen a mano.

El jefe optó por hacer algo, en la noche: ir al colegio. Es que, como tantos de los que habitan en esa ciudad, no tiene secundario. Recién está en tercer año. Y le restan dos. Entonces, se sabe que el día lo ocupa en las cosas de la escuela.

Ese exiguo movimiento ferroviario acaba a las 16 cuando todos guardan sus herramientas de trabajo y cada uno marcha rumbo a su rancho. Cansado de tanto trabajar. A reencontrarse con sus familias. Para esto, en unas horas más, la noche estará ganando terreno en esa ciudad tan desértica como solitaria, y hasta alguno diría, maldita también en cuestiones del pasado lejano y cercano.

Y las luces se encienden. Muy de madrugada regresa un alguien que nada tiene que ver con los rieles. La oficina está cerrada, pero ella anda como las comadrejas. De día duerme.

Raras veces se la ve. Tiempo después empezamos a saber sobre ella. Algo es algo, porque rompe con la monotonía. En una vivienda de ferroviarios teníamos a Carolina habitando. Nunca supimos los motivos, pero al menos era un buen pasatiempos mirarla. La mirada es lo de menos. Comentar de ella, era algo que estaba a la orden del día.

Ella supo imponerse con su carácter idómito de buena chica, sin gritarnos ni nada. Nos hace comprender las cosas, pero al mismo tiempo nos entiende. Comparte sus mates gustosa y, sueño que duerme ahí, el soñado asado. Se sabe de algunos de los ferroviarios que se han sentado en el andén a tomar cerveza.

También se sabe que más de una vez, en alguna noche libre, sabe pernoctar en el comedor de la oficina. Florio, en varias ocasiones ha sabido estar cenando con compañeros, muy rara vez con alguna amiga pero con Carolina, es un clásico de lujos. Y después cada uno a su casa.

Una noche vino, sin aviso repentino. Se encontró con cuatro ferroviarios desconocidos de Ferrosur.

  • ¿Qué busca?

  • A... a nadie, disculpen – Carolina se retiró. Pero ellos tenían su imagen pegada en sus ojos.

Carolina se retiró a su casa algo asustada. Al día siguiente atajó a Milton antes de que se vaya con la cuadrilla.

  • Milton... anoche me he topado con unos tipos medio raritos...

  • ¿Raritos? Serán los tipos de Ferrosur.

  • Que eran de Ferrosur, es cierto. A lo que voy es que quedaron mirándome de una forma extraña...

  • Todo es posible. Saliendo de tema, entrando en otro, ¿Qué tan ocupada estás?

  • Acabo de perder mi trabajo y ahora ando tratando de buscar otro.

  • Yo tengo algo para que hagas.

  • ¿Contigo?

  • No precisamente... en realidad, en esta playa, los cambios están desperdigados a la vera, es decir, están a orillas de las vías. No hay que mover palancas a la distancia ni nada, sino es ahí, en el lugar. Necesito que hagas de cambista.

  • ¿No hay cambista?

  • Había uno que se lo llevaron los de Tren Patagónico y para los movimientos internos, los hace Florio, pero ahora tiene que operarse de la vesícula, y no puede. Solamente va a hacer lo mínimo y elemental, que es lo de la oficina. Pensamos en hacerte una vaquita...

  • Yo no me llamo signo pesos. Lo hago ad honorem Milton. Amo esto. Lo quiero.

Los sucesivos días a la operación de Florio, muchos se llevaron la sorpresa de saber que tenían una chica haciendo cambios. Nada raro del otro mundo. Lo maligno en su trabajo ad honorem fueron las reiteradas burlas que empezó a recibir por parte de los conductores de Ferrosur.

  • Milton...

  • Me dirás...

  • Deberé renunciar...

  • ¿Cómo?

  • ¿Sabes acaso que soy objeto de burlas constantes?

  • ¿Quién te hace burla, si se puede saber?

  • El personal de conducción de Ferrosur que viene para acá.

  • Ah, los conductores... pero no nos puedes dejar colgados por unos papanatas...

  • Lo siento Milton, pero prefiero mendigar y no soportar más humillación hacia mí.

  • No digas eso porque...

  • Ustedes no tienen la culpa.

  • Nosotros te damos respaldo.

  • No el sindicato ni la empresa.

Un buen día, sucedió que alguien, por osado, quiso pasarse de listo con Carolina. Todo terminó en la comisaría cuando Fiorentino Marcati fue a sacarla del calabozo, después de haber traído el tren desde Bahía.

  • ¿Qué hiciste Carito?

  • El idiota este de Ferrosur me tiró los galgos...

  • Ya entiendo. Que no se diga más. Vamonos de este lugar que me da urticaria...

Florio se operó. Hacía reposo cuando una tarde de lluvia irrumpieron tres ladrones en la oficina. Revolvieron todo, se llevaron unos pocos pesos y el SEREP de Ferrobaires.

Cuando paso todo, Florio vino hasta la oficina y vio que no solo faltaban unos pesos de la caja, sino el SEREP, hasta también se habían tomado el tiempo de arruinar los registros contables. No sabía como reaccionar.

  • No te preocupes Florio, todo estará bien.

Florio no encontraba consuelo. Milton tomo el teléfono y llamo a la policía.

El patrullero tardó varios minutos en venir. Y algún tiempo más en indagar la escena del hurto.

Carolina los miraba. Fiorentino se había metido las manos a los bolsillos. Miraba simplemente. Pero por su cabeza se le cruzaba otra cosa. Espero a que se fuera la policía.

  • Carito...

Carolina guiñó los ojos.

  • Me juego la estación entera que esto...

  • ¿Por qué piensas que no son ladrones comunes?

  • Milton no entendería esta deducción.

  • ¿Piensas que puede el auditor abandonar su oficina...?

  • Mira, conociendo la clase de pirañas existentes en la empresa, todo es posible. Hace un tiempo hubo un expulsado...

  • ¿Ah?

  • A... Avogadro.

  • ¿Un Carlitos Nair?

  • Piraña.

Fiorentino no estaba errado en los pensamientos. Le llevó muy poquito tiempo a la policía descubrir que el robo provenía y moría en las oficinas de Hornos 11. Pero para esto, Florio había sido acusado por la empresa de instigarlo y, por ende, tenía un pie afuera.

  • Tranquilo Ouro, de acá no te vas así – lo consolaba Milton.

  • Me echan de acá y me voy con Judith a Salvador Bahía – decía Florio.

Un buen día, después de tantas idas y vueltas, fueron a investigar las oficinas de Hornos 11. Todo acabó cuando llegaron a la oficina 418 y encontraron todo lo que habían robado de la estación de Patagones. Pero el final no era feliz: Florio estaba en la calle. Estaba juntando sus cosas y armaba sus bolsos. Miraba las fotos. Guardó todo.

A la madrugada de un día jueves emprendió su viaje a Salvador Bahía. Las puertas de la oficina de la estación estaban cerradas. A oscuras. Solitaria. Florio estaba de viaje. Lejos, muy lejos.

Carolina se atrevió a abrir la oficina. Solo estaban los muebles de la oficina, los pocos que habían sobrevivido del robo. Volvió a cerrarla. Quiso saber qué sería de ahora en más. Molestando a unos y a otros, supo que se había ido a Brasil. Entonces, en la avioneta de un estanciero, se fue hasta Salvador Bahía. Molestando a varios más, logró dar con Florio.

  • ¿Por qué te has molestado en venir hasta aquí Caro?

  • Porque Patagones te necesita.

  • Pero yo estoy bien aquí.

  • ¿Y te olvidas de nosotros?

Florio miró el cerro.

  • Caro, mi vida como jefe en Patagones ya es un tiempo pasado. Ahora estoy acá, en Salvador.

  • Viviendo una mejor vida con playa, mar, cerros... calor. Entiendo.

  • Es tu oportunidad: hazte cargo de esa oficina, yo hasta aquí llegué y no quiero saber más nada con los rieles argentinos.

  • ¿Y los brasileros tampoco?

  • Trabajo en una oficina municipal. Pero no te olvides que a ninguno dejo de querer, y tú sabes qué hacer.

Carolina volvió en la misma avioneta a Patagones.

  • Siento que he fracasado Fiorentino – le lloró Carolina.

  • No te humilles de esa suerte – mira el cielo Fiorentino – verás que algo lo va a traer nuevamente a estas tierras desoladas.

Muchas cosas pasaron en los dos años que Florio Ouro Preto residió en Salvador Bahía: Milton se mató en un accidente automovilístico, el capataz de la cuadrilla se jubiló, los trenes, con problemas, siguieron llegando y Carolina hizo frente a la oficina. Al regreso, Florio notó algunos cambios. En especial en la chica.

  • Caro... perdón...

  • Bienvenido.

  • No quiero ver lo que es la oficina...

  • No creas...

  • ¿En serio?

  • Claro. Seguro sabes de los acontecimientos.

  • Si muchacha ojos de papel, hace frío, pero ni lo siento.

Ahí Carolina se levantó los abrigos quedando la polera que delataba su estado.

Lo ojos de Florio se clavaron en la panza abultada.

  • ¿Quién fue? – preguntó imperativamente.

  • Fiorentino Marcati – sonrió ella – Yo no hago cambios por ahora.

  • ¿Desde cuando se interesa tener un muchacho?

  • Desde que decidió cortar con su vida de soltero.