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miércoles, 5 de marzo de 2008

2003 – 5 años de mí – 2008: Jaime San Gotardo

Nota: Inspirado en un relato de Daniel Velázquez en su visita por el Tren de las Sierras, destinado a publicación de la revista Todo Trenes.

Segunda Parte

“Próxima estación: La Falda”.

Muy bonito todo pero nos abrimos paso para pasar por entre la feria artesanal y la Secretaría de Turismo que está en la estación. Una chica se para al borde del andén y no podemos evitar detenernos para saber qué desea.

- Todas las noches hago lo mismo, solo para ver si por esas remotas casualidades aparece un tren... ustedes saben, como creo que para cuando regrese el tren, estaré bajo la tumba, me escapo a Capilla del Monte a accionar una mesa giratoria. Allí por lo menos tengo la sensación de estar en contactos con estos bellos fierros.

- Toda tuya Jaime...

Le dije así. No quería dejarlo sin la chica, yo me las podía bancar de otra forma. Nos pidió si la podíamos llevar a pasear unos metros pero ahí fue cuando debimos darle la negativa de no. Me partió el alma cuando ví de sus ojos emanar lágrimas de silencio. Entonces, se me ocurrió que visitara el par de vagones y se sentara un rato.

Antes de que nos marchemos, Melisa nos dijo que ella todas las noches baila bajo las luces del andén. Quisimos que nos bailara algo y nos bailó el tema del mundial 2006. Me gusto mucho como quiebra sus caderas, pero tuvimos que marchar.

***

- Te dejo el timón a tí, estoy cansado...

“No hay problema, ahora lo llevo a Monte Hermoso”.

Amanecía cuando llegamos a Monte Hermoso. Tuvimos la sensación de ir a jugar a la pelota y... monumentos ferroviarios: una vaporera, un furgón de carga. Seguimos camino porque la torre de señales nos estaba dando vía libre. Bah, para seguir camino por suerte debimos cruzar la plazoleta. Me sentía de otro mundo haciendo este viaje fantasmal...

“No te olvides que en el 2008 se prometió otra vez este tren...”.

No me animé a contradecirlo para nada. Porque estamos en el 2008 no más...

***

Y llegamos al Lago San Roque. Percibí la sensación de anhelos pero de muchos a los cuales les están robando las ilusiones. Ya no me era ninguna sorpresa, porque a mí alguna vez me las han robado. Es que estoy bastante harto de esperar. No quiero pensar cuáles son las ilusiones de esta gente, y la distancia a la que están estos tipos trajeados.

Como salimos, regresamos nuevamente a Río Tercero, donde Jaime San Gotardo se despidió de mí, debió volver al neuropsiquiátrico del cual había escapado.

Yo seguí camino hasta Villa María, de donde había robado el tren. Menos mal que era un fantasma, porque estaban rastreando los vehículos desaparecidos. Por suerte, ni bien puse los dos pies bien lejos de la estación, volví a ser yo. El yo de carne y hueso. Porque yo soy Kevin Alonso. Pero cuando fui fantasma, también adquirí la misma identidad: Jaime San Gotardo.

Y el robo del tren sería un mero cuento.

2003 – 5 años de mí – 2008: Jaime San Gotardo

Nota: Inspirado en un relato de Daniel Velázquez en su visita por el Tren de las Sierras, destinado a publicación de la revista Todo Trenes.

Primera Parte

El fugaz tiempo que estuvo como obrero de vía y obra fue suficiente para que el capataz dijera que no era apto para los rieles. Como si jugara una revancha de fútbol, un mes después, ese mismo capataz que lo había mandado echar, tuvo que verle nuevamente la cara. Claro. Tiempo suficiente para encerrarse a estudiar un montón de teorías y acabar a bordo de una máquina.

Muchos se preguntaban si tenía algo que ver con aquel nudo montañoso europeo. No. Nada que ver. Porque proviene la pregunta dado su nombre: Jaime San Gotardo, argentino, nacido en la localidad de Caleta Olivia, provincia de Córdoba, etcétera, etcétera... casado, sin hijos. Punto.

Desde que terminó de estudiar tantas teorías, tuvo tareas diversas hasta acabar ¿en donde? En el Tren de las Sierras.

Muchos piensan que aquel ferroviario corpulento estaba loco. Era posible creer que sí. Por eso mandaron encerrarlo en un neuropsiquiátrico. Porque creen que está loco.

He aquí el audio, que está en mis manos. Y eso que manejo trenes, pero al servicio de Ferrocentral:

“Hace mucho tiempo, tanto que ya ni recuerdo, pero no importa... es lo de menos, vinieron un montón de tipos con trajes impecables, brillantes, corbatas lustrosas y zapatos lustrosos y ante la presencia nada despreciable de gente leyeron unas hojas donde anunciaban el regreso de este tren... sí muchacho, juro que yo estuve ahí. Yo sabía que eso era una farsa más grande que toda Colonia Caroya junta. Y sabes como son estas vueltas... habían otra sarta de tipos en las primeras gradas aplaudiendo mecánicamente como si aplaudieran al presidente haciendo anuncios o dando discursos inaugurales... Pensé: tantos años tuve en mis manos el timón de ese tren y ahora me reducía a oír un discurso burdo de algo que ellos cegaron su vista. Nadie más que yo sabía mejor acerca de ese tren pero ni por joda iba a preguntarles lo siguiente: ¿qué se sabe de ese tren? Sonaba medio idiota, pero podía hacerlo para ponerlos a pruebas, al menos. Ya había visto como se afanaron las vías y que en muchos sitios estaban emplazando porquerías... ¡qué insulto mayor al ferrocarril argentino! No te puedo prometer obras porque necesito que tú, como maquinista como lo he sido yo, seas mi cómplice...”.

Lo miré desorbitado. Pero asentí.

“Seremos un par de fantasmas abordo de un tren. Deberás robar una locomotoras con un par de vagones. Yo sé que nadie sabrá cuál será el destino, por favor, baja hasta Río Tercero, ahí te espero para decirte lo que vamos a hacer”.

***

Al día siguiente, cuando cayó la noche, me ocupé de ir hasta Villa María a ver qué vehículo podía encontrar. Esta de suerte: encontré una GT-22, la 9021 y dos vagones clase pullman. Subí y me fui con destino a Río Tercero. Tal como me lo dijera, allí me esperaba Jaime.

“Muy bien muchacho. Ahora nos vamos rumbo a las sierras, vamos a recorrer La Cumbre y el Lago San Roque”.

- Pero hay lados en los cuales no creo que sea posible transitar...

“Este tren será un fantasma al igual que nosotros” fue lo último que dijo y el tren siguió su marcha con rumbo a Cruz del Eje. La vía tiene un recorrido muy singular: subidas, bajadas, curvas y sinuosidades entre las sierras cordobesas. Temblaba más que una hoja de lechuga, ¡a ver si perdía el laburo por convertirme en un fantasma rielero!

A cada cruce a nivel, las cruces de San Andrés aparecían de la nada como fantasmas para detener la marcha de los coches por la carretera.

- Pero... ¿no era que la vía se la afanaron?

“Aquí nosotros somos fantasmas hasta con los vehículos de tu laburo”.

No entendía nada. Solo sabía del espectacular paisaje que no conocía. Cuando quisimos querer, estábamos por Cosquín “Muchas veces he estado en plaza Próspero Molina, en las gradas viendo el escenario Atahualpa Yupanqui, a las voces del folklore argentino mostrándose a un público ávido de escuchar la música de su tierra”. Yo la única vez que fui a Cosquín, fue a la última versión creada, el Cosquín Rock.

***

Tomamos un desvío con destino a estación La Cumbre. ¿Vía? Ja! Asfalto y más asfalto “¿Ves el insulto que han hecho? Los mataría si pudiera... los odio por el daño hecho a los rieles”.

Intentaba consolarlo. Pero tenía razón en querer expresar su bronca. Es evidente que ninguno de las generaciones actuales debe pensar en todos los hombros que trabajaron para levantarlo y ahora... sé que había un montón de chicos jugando en aquella placita, coches circulando por ahí pero cuando vieron el tren, como si la vista los atrapara como un imán, detuvieron su marcha para darle paso... recuerdo a uno de ellos que lo corrió para no sé... ¿será para pararlo? Le propuse parar. Salimos de la máquina y les explicamos que era un tren fantasma. Que no existe.

- No conocemos el tren tal cual, sino solo por fotos, dibujos u otras cosas, pero no en la realidad... por favor, déjenos ser parte por unos minutos de esta locura fantasmal...

Más que delirio, sonaba una súplica. Jaime asintió y ellos, sí, ellos corrieron a conocer ese par de vagones robados a Ferrocental.

Con la noche y las luces más largas que nunca, nos marchamos. Dejando tristezas atrás, nos fuimos con ese tren fantasma.

2003 – 5 años de mí – 2008: Solo para RSD-16

Nota: Este es un cuento de terror. Están advertidos.

Maribel corría. Corría por esas vigas paralelas de acero sin prisa. Sola. Solitaria. Maribel está en perfectas condiciones mecánicas. Hacía poquito había salido de su última revisión técnica. A pesar de su edad, podía gritar muy fuerte todo el tiempo que fuese necesario. De pronto, sin que ella lo supiera, levantó velocidad. Y empezó una alocada carrera sobre los rieles. Parecía que ya iba a descarrilar. Sus motores iban a todo vapor, pero no comprendía porque de golpe y porrazo estaba haciendo una desbocada carrera. Y de golpe, los durmientes empezaron a partirse al medio. En un cierto punto, comenzaron a desaparecerse quedando los rieles en el aire. Maribel no comprendía lo que le sucedía. Tuvo miedo y era lógico: gritaba muy, pero muy fuerte. Sus bocinazos sonaban como estampidos. Todos los sonidos eran similares en volumen.

La vía se desapareció. Pero Maribel seguía corriendo alocadamente. ¿Estaba volando? No se sabe. Lo que sí se supo es que su carrera acabó cuando tuvo delante de sí una especie de niebla cerrada, que se la tragó íntegra. No dejó rastros ni nada. Solamente en la atmósfera se percibían los ecos de los gritos y los bocinazos en pedido de auxilio.

Analía levantó del suelo un soplete que se le había caído accidentalmente a un mecánico en el taller de Spurr. Frente a la vista de todos, se encendió solo y empezó a diseccionarla. Daiana corrió a auxiliarla. Pero el cortito trayecto hasta llegar a su hermana, cada vez se le hacía más largo. Más eterno. Sus gritos desgarradores, parecían silenciados. Analía intentaba quitarse el soplete pero en una cuestión de unos cortos minutos, la estaba diseccionando viva. Íntegra. Ni siquiera la desmantelaba. A viva voz.

Cuando le dio el tiempo a Daiana de poder llegar hasta Analía, ya esta no era más que un montón de hierros retorcidos. Quemados. Con olor a quemado, muy intenso. Quiso ver que podía hacer para que pudiera volver en sí, pero no lograba su cometido. Corrió a buscar algo de agua para apagar los restos humeantes. Pero era tarde: Analía era historia. Daiana sabía como domar estas cuestiones: saco su varita mágica y a la misma le ordeno regresar con vida a su hermana.

- ¿No estaba muerta? – pregunto Analía.

- Era en el pasado. No puedo develar el secreto que hace el retorno a la fuente de la vida – contesto Daiana.

- Temperley desde hoy te odio y te odiaré para el resto de mi vida y de mis viajes que tenga para hacer maldita sea. Y a tí Bahía parece que no aprendiste un pomo lo que demonios te dijo Bragado, Pinamar se hace la idiota, Mardel vive en las estrellas, Elisabetta y Doris me pudren porque hablan hasta por los codos, Miramar comete las mismas estupideces y Lanús me da asco... – eran los reproches que hacía tiempo se venían escuchando en el patio de Plaza. Todos tenían un común denominador: iban dirigidos a sus hermanas GM. Más que reproches, eran los delirios que venía teniendo La Chabona y nadie atinaba a saber sus causas.

- ¿Qué haces Chabona? – pregunta Vidal mientras recibía fuertes palmadas de La Chabona. Y ahora estaba agresiva: sin motivos aparentes, las golpeaba. Vidal forcejeaba. Tuvo un palo a mano y se lo asestó en donde pudo: la dejo inconsciente. Luego le agarró cargo de conciencia: pensó que la había matado. Rato después, volvió en sí. Miraba con sus ojos desorbitados. Saltones. Vidal pensó: calma, firmeza, autoridad y culo.

- ¡No! No debes golpearnos a nosotras Chabona – dijo Bragado.

- Son lo más asquerosas que pueden existir en este mundo, ratas de cloacas – gritaba La Chabona.

- ¡Estas loca Chabona! ¡Loca! ¡Mil veces loca! – gritaba Lanús.

- Ratas inmundas, ratas cochinas, vinieron a copar la parada hijas de su gran perra – gritaba también La Chabona.

A esta altura, solo restaba tratar de conservar la autoridad. La calma. Firmeza. Y un poco más, culo.

La Chabona se esparció encima suyo combustible. Luego tomó un fósforo, lo encendió y se lo auto arrojó, ardiendo ferozmente. Gritos. Gritos y más gritos. Delante de sus hermanas GM que dejaban que se quemara. Si de veras se quieren, hubieran hecho algo para revertir semejante locura, para impedir semejante incendio. Acabó cuando llegaron los bomberos.

En el Taller Pérez sonó el timbre. Estaban los mecánicos y los ingenieros arreglando locomotoras. Por casualidad, estaba María Eugenia.

- ¡Un momento! – gritó María Eugenia hacia fuera.

Vio que venía un tropel de ingenieros de la empresa Ferrocentral. ¿Qué hacía realmente M. Eugenia en Pérez? Estaba de reparaciones. Los ingenieros fueron directo a ella.

Quiso huir y no pudo. Los ingenieros se convirtieron en gigantes que avanzaban a grandes zancadas y ella parecía una miniatura.

- Una locomotora nunca puede escapar al examen de los ingenieros – dijo uno de ellos. Esa voz singular empezó a convertirse en voces plurales, ecos resonantes contra la pared.

De repente, Pérez quedó a oscuras y volvió a iluminarse incandescentemente. Miró a todos lados y vio el sucumbir de las locomotoras. Pero solo las GAIA habían adquirido tamaño semejante para estar listas y atacarla.

María Eugenia gritó. Gritó hasta donde pudo. Buscó la salida. Corría alocadamente. No sabía adonde podría ir a parar. Se sabe que Úrsula la vio pasar y la sacó siguiendo.

En semejante carrera, al trasponer el cambio, rompió un boguie, pero igual siguió. Tocó la bocina pidiendo auxilio. Gritaba:

- ¡Los ingenieros me quieren matar! ¡Me quieren matar los ingenieros!

Úrsula, en su alocada carrera, deseo saber el motivo de la huida. En un punto, no se sabe donde, estaban los mecánicos de ALL dispuestos a largarse encima por tal de acabar la alocada carrera. Pero cuando pasaron, equivocaron a quien acabar frenando:

- Es la Euge la que corre desbocada, yo la persigo para saber cuál es el motivo.

Y el tiempo no ayudaba. Tronaba sin cesar. María Eugenia seguía corriendo. Corrió hasta que un rayo cayó encima suyo y la desapareció de la faz de los rieles. Úrsula lo único que encontró fue un montón de fuego a ambos costados de las vías.

2003 – 5 años de mí – 2008: Mayoría de edad

Tercera Parte

Hacía quince días que Mariela estaba en Bahía cuando apareció Patricio con un convoy desde Zapala.

- ¿Volviste a viajar?

- No Pato. He andado acá, pero son un poco reacios.

- ¿Felipe cómo se portó?

- Bien. A mí no me molestó.

Como tampoco constituyó ninguna molestia que ambos apretaron en pleno andén. Creyendo que nadie los veía.

Pero sí había una vista: la de aquel maquinista de la GR con el cual había compartido un par de reflexiones en la estación y en puerto. Le dio celos.

Mariela mientras estaba con Patricio, advirtió la mirada de aquel maquinista - ¿Pasa algo Mariela? – le pregunta Patricio.

Mueve la vista – Hay a la distancia un tipo con una cara de orto... conduce trenes de Ferroexpreso Pampeano... no sé... no me gusta para nada -.

- Que se vaya a cagar a los yuyos ese imbécil cara de papanatas – le dijo Patricio y siguió besando a Mariela.

Pero al maquinista de Ferroexpreso no le quedó más remedio que cruzar las vías porque debía ir a la oficina. Al salir con los papeles, se detuvo a volver a mirarlos – Tal vez te iría sugeriría que te fueras olvidando que existo porque no vas a ninguna parte – le contestó el maquinista de FEPSA.

Patricio le ganó a la hora de contestar a Mariela - ¿Y? Me chupa un huevo, el otro, las pelotas y hasta las tetas. Aparte, maquinistas hay miles. Y si te molesta, ¿qué? No es tu novia ni tampoco tiene nada que la ate ni la líe contigo -.

Volvieron los besos para volver a perderse en la vía. Y cayó el maquinista de FEPSA – No cuente que se perdió ¿no? -.

- ¿Usted cree remotamente que sería tan pelotuda en meterme contigo? -.

- Las vueltas son muy largas o muy cortas Mariela... – Sorpresivamente sabía algo más sobre aquella chica.

- ¿Y cómo supo más de mí?

- Del día que el señalero de la Unidad se la llevó al catre y que el jefe le dio esa pastilla... ¿Vió cómo todos los ferroviarios sabemos todo?

- Ya lo creo. Como eso de extrañar tener un tren en mis finos dedos -.

- Venga. Yo le puedo prestar el tren. Si no le molesta, debemos hacer rancho en Pelicurá...

- No me importa... vamos...

Partieron con un corte hacia Pico pero harían noche en estación Pelicurá. – Vení – le dijo el maquinista.

No era como Patricio, que se conocían un poco más a fondo. En la falda de Andrés Astelarra – y a este sí le manda el apellido porque se manda un mocazo... – le prestó el timón por intervalos de tiempos. No siempre. Es que el recorrido no es sencillo. Curvas, más curvas y contracurvas.

Como tiro se fueron a Pelicurá. Y la noche ayudó a escabullirse. Bajaron por cada costado distinto. Después de firmar, Andrés se fue a buscar a Mariela. ¿Dónde fueron? A un paraje de mala muerte.

- ¿Acá te asignaron para meter la cabeza? – pregunta Mariela.

- He ido a sitios peores, este es de los mejorcitos – contesta Andrés halagando el lugar que le había tocado para parar.

Andrés tomó de la cintura a Mariela y la llevó contra una pared – Ahora estamos solos... a solas aquí – para acabar besándola.

Mariela no pestañeó ni dijo nada. Ya estaba acostumbrada a esta clase de cosas. Y no tardó en quitarle los atuendos para llevarla a la cama. Volver a besarla con pasión. Revolverle los cabellos. Acariciarla. Todo como si estuviera acariciando a su propia mujer. Con la diferencia que esta era un perfecto desconocido.

Como todo buen humano, y bueno, ambos se excitaron.

- Tranquila que todo va a estar bien – le dijo Andrés antes de hacerle el amor.

- Me temo que harás lo mismo que el señalero de Bahía – le contestó Mariela.

- No soy tan hijo de perra, todo va a estar bien – la tranquiliza Andrés – confía en mí -.

En la pura realidad, Mariela disfrutaba de un momento íntimo ignorando el verdadero dolor de cabeza que se venía después. Pero esa noche fue así.

Salieron de Pelicurá a Bahía Blanca. Andrés miraba con muchos deseos a Mariela – No te sientas culpable de mis deseos -.

- No, no. Continúa así...

Semanas después, Mariela empezó a sentirse mal. No atinaba a pensar qué podría ser. Por eso, en otro carguero de FEPSA se fue a Rosario. Allá, a lo de su tía del alma, María Eugenia Anglat. Tomaba mate con Francisco cuando Mariela tocó la puerta.

- Mariela – se alegró Eugenia cuando vió a su sobrina.

- No me mates tía – apenas le salió un hilito de voz a Mariela – Creo que cometí una cagada sin salida -.

A Eugenia se le desorbitaron los ojos. Francisco corrió a la puerta - ¿Qué pasó Euge? -.

Pasmada, Eugenia contestó – No sé... -.

Los tres acabaron en el hospital rosarino.

- No pasó nada señora Anglat, usted está bien, su sobrina cursa una gestación de unos treinta días aproximadamente – le dijo el doctor.

A solas, Francisco dialogó con Mariela - ¿Qué has hecho muchacha? -.

- Si no te ofende, yo sé que tienes confianza con mi tía, pero yo le contaría a otra persona o a mi tía a solas pero... -.

- Lo sé... ando seguido...

- ¿Eres el novio de mi tía?

- No somos novios, pero salimos seguido... No te preocupes que así como tu tía te quiere un montonazo, siempre me cuenta de ti, yo estoy a su lado para acompañarla...

- Y que lo acompañe a usted ¿no?

Pero a su tía le dijo la verdad – Tía Euge... el Pancho será tu amigovio, pero solo a ti puedo decirte la verdad de la milanga...

- Ya la sé Mariela, no importa, está todo bien. Te equivocaste, pero bueno, hay que apechugar... no te des manija, ya está -.

- El padre... ni siquiera es el novio de mierda que venía soportando, sino un bahiense que los mismos bahienses se ocuparon de parir...

- Nena... dejalo en paz. Va a tener mucho amor, vas a ver, no te pongas triste -.

Un día, revolviendo unos papeles, encuentra el celular de Patricio – Tía, ¿me prestas tu celular? Si deseas... – le pregunta Mariela.

Eugenia le alcanza el celular - ¿Vas a llamar a tu vieja? -.

- No, no quiero saber nada con ella. Mientras esté Tamara con las conchetas amigas ocupando el departamento. Patricio cuando baja en el Ferrosur para en un hotelucho de morondanga en Constitución -.

Disca el celular de Patricio porque en su casa no hay teléfono. Lo agarra la casilla – Hola Pato, soy Mariela. No te asustes de esto, estoy en Rosario con mi tía, te pediría que no vengas a visitarme, porque me da vergüenza que sepas esto, solo te pido que veas a mi vieja y le digas que estoy bien en lo de tía Eugenia -.

Patricio levanta el mensaje y llega hasta el edificio de la calle Salguero y Humahuaca. Toca timbre y pregunta por la señora Sablich. La mujer baja del piso 9 hasta planta baja y se encuentra con Patricio.

- Señora Sablich, Mariela me pidió que le envíe a decir que va a pasar un tiempo largo en Rosario por motivos personales...

- ¿Motivos personales? Por favor, comunicate con ella lo más pronto posible y pedile que venga para acá...

- No lo sé, ella no me especificó qué le andaba sucediendo, pero me dijo que estaba bien, que no se preocupara -.

- Pero hace como dos meses que está ausente, que anda vagando por todos los trenes... me preocupa mucho. Usted que la conoce ¿por cuántos divaga? -.

- Hasta donde sé, por algunos... donde mete las narices -.

En realidad, la madre de Mariela quería saber algo más, pero Patricio no iba a largar absolutamente nada de las andanzas de su hija. Pero fue más lejos: cuatro meses después, mientras Mariela divagaba con su vientre abultado, cayó Patricio sin quererlo.

- Mariela... ¿quién ha sido el hijo de puta que te hizo esto? – preguntó Patricio.

- No. Yo fui la culpable... – empezó a llorar Mariela – y... y... Astelarra... -.

- ¿Astelarra qué? ¿Él? ¿En su paseo matutino? – preguntó Patricio.

- En una parada en Pelicurá – contestó Mariela.

Patricio se quedó un momento pensativo. – Es ese que nos miró con tantos celos... en la estación de Bahía – le dijo Mariela.

Volvió a mirarle la panza. – Todos nos equivocamos. No sé cuántos se habrán borrado, no me interesa. Más me importa estar a tu lado. Cuando llegue el día indicado – le dijo Patricio.

El tiempo fue corriendo, como fueron las molestias en aumento. Cada tanto sus pensamientos eran asaltados por aquel recuerdo de Pelicurá. Un dolor insondable. Hasta que una bocina de tren sonó de lo más hondo de su ser...

...y Mariela hubo de ir al hospital. Porque su chiquito había dejado de vivir. Dolor de madre. Abortado.

Con un doble dolor a cuestas, regresó Mariela con su tía Eugenia a la paz hogareña. Hasta que una tarde gris alguien tocó la puerta de la casa de Eugenia.

- ¿Usted conoce a Mariela? – soltó Andrés Astelarra.

- ¿Por qué buscas a mi sobrina? – preguntó Eugenia.

- Pues... supongo que está por traer al mundo...

- Para tu información, ya lo trajo y con el negativo resultado que está en las eternidades celestiales. Si la querés ver, te sugiero que lo hagas en cualquier lado, menos te atrevas a venir a tocar la puerta de mi casa – le contestó firme Eugenia y cerró la puerta.

Mariela se levantó de la cama y se fue a hacer la leche – Tía, ya sé quién era, no me lo digas. Aparte, yo voy a elegir con quien pasar mi vida y más allá de este tropezón, no voy a rendirme a traer un hijo -. Eugenia miró a Mariela algo pasmada.

Y eligió nuevamente traer un hijo al mundo. Finalmente fue el Pato de Ferrosur quien le arrebataría la ilusión a más de uno. Y se la quedó. Porque es su pareja.

Mariela es feliz. Y no oculta su felicidad cuando decidió que con Patricio pasaría su vida. Los momentos íntimos. Muchos. Varios. Como cualquier pareja. Hasta que supieron que ellos iban a ser padres.

Para Patricio, era el fin de su vida solitaria, después de un divorcio.

Y Mariela veía las cosas con más claridad. En una ciudad bonaerense, llamada Bahía Blanca.

2003 – 5 años de mí – 2008: Mayoría de edad

Segunda Parte

Mariela siempre fue aplicada en la escuela. Tuvo notas altas.

Le tocó en suerte un colegio de monjas. Y su distanciamiento le hizo muy bien.

Hasta que los trenes entraron de lleno a su vida.

Pero entre roces, idas y vueltas, Patricio supo llegar a lo más hondo de Mariela.

- ¿Sabes que tu hermana me ha hecho una denuncia en contra mío? – le dijo Patricio un día.

- No que supiera. Aparte, ¿cómo sabía ella quién eras tú? – deseo saber Mariela.

- Estabas en ese momento. Mariela, sé que por ahí entre tú y Tamara no hay gran relación pero tampoco ella debe generar discordia alguna ¿ah? – le contestó Patricio.

- Y pensar que yo nunca le digo nada de sus amigas re conchetas, que me son de lo más desagradables que hay, no ponen una pata en un tren ni en pedo, les baja el estatus... conchetas de mierda – critica Mariela.

- Siempre tengo mi as bajo la manga: la amenace con hacerle un daño físico que le dejaría la marca para el resto de su existencia, pero después cuando me fui a dormir, pensé en ti, me dio lástima por ti, no por la despreciable de tu hermana. Bendita conciencia... – contesta Patricio.

- Serias capaz de... – largó Mariela.

- No me conoces ni la cuarta parte de lo que soy. Mira Mariela, no te das una inmensa idea del aprecio que tengo por ti. Más allá de los roces iniciales... me generaste mucha simpatía. Porque sos una mina simpática pero a veces, el mundo no siempre es como uno desea que sea. Aparte, no me daría el cuero a esta altura de las circunstancias de osar hasta lo más hondo de tus entrañas como seguramente habrán querido hacer algunos compañeros míos, o no – le comenta Patricio a Mariela.

Mariela lo mira por largo rato reflexionar y le suelta – En realidad, tengo a mi hermana y a mi vieja, mi padre no... bueno, nunca se hizo cargo de mí cuando lo he requerido en su momento. Siempre tuve a mi tía preferida, pero vive en Rosario y siempre que puedo, me escapo a Rosario. Me tomo el espanto de TBA... o de últimas, el detestable Ferrocentral. Siempre me bancó, en las buenas y en las malas. Hay veces en las cuales he ido a visitarla no desde Retiro, entonces sabe que he salido desde Bahía Blanca -.

Y se tomó el tren de carga – Yo debo relevar en Olavarria pero te voy a dejar en buenas manos. No entristezcas Mariela – le suplica Patricio antes de partir en la 9061. Mariela quería llorar.

Partieron con un corte de 70 vagones vacíos hacia Bahía Blanca. Finalmente, cuando la noche avanzó, Mariela se durmió. – Pobre... la venció el sueño – dijo Patricio para sí mismo. Mariela dormía en el suelo. Patricio le dio un trapo para que no durmiera sobre la suciedad.

A las 3.35 de la madrugada de un día domingo arribaron a Olavaria. Patricio llamó a Mariela – Mariela... Mariela... llegamos a Olavarria, debo relevar -.

Mariela despertó toda despeinada.

- Luces mejor así – le dice Patricio.

- Ya te vas... – dice Mariela.

- Acá relevo, pero te dejo en buenas manos, que van a saber tratarte como yo. Si se portan mal, no más tienes que llamar a este teléfono – le decía Patricio y anotaba un teléfono celular en un papelito – Siempre vas a ocupar un lugar de privilegio en mi corazón -.

Vaya uno a saberlo, pero ante una despedida dolorosa para Mariela, ambos se despidieron con un gran beso en la boca. Y regresó raudamente a la cabina.

Felipe no le era ni fu ni fa que estuviera ella. Es más, durmió y despertó cuando se hizo la luz del día.

Por allá el convoy llegó a Bahía – Bueno señorita – dijo un poco secamente Felipe – ha llegado hasta Bahía Blanca, la verdad que no quisiera que usted me siguiera camino hasta Zapala. ¿Sabe? -.

- Solo me resta agradecerle el haberme traído hasta acá, señor. Que tenga un grato viaje – le dio su despedida Mariela a Felipe.

En Bahía Blanca, persiguió a los trenes de FEPSA. Indiscretamente, desde algún lugarcito, espiaba los movimientos de las locomotoras. Hasta que alguno con cara de pocas pulgas se acercó para decirle - ¡Aléjese antes de que llamemos a la policía! -.

Mariela lo miró y se fue, sin decir nada.

Pero miraría desde la estación el paso de una GR-12 con un largo carguero, en tanto que al mismo tiempo recordaría al señalero y el dolor de cabeza, como también recordaría con amor al jefe que ofició de doctor y farmacéutico.

Por detrás, el maquinista la sorprendió - ¿Busca algo? – pregunta a modo de excusa.

- Tesoros, tal vez – contesta Mariela.

- Eso es una excusa. No se preocupe, que acá no hay oro – le dice el maquinista.

- Lo sé, pero sí hay trenes... unos cuantitos – le contesta Mariela.

- Muchos ¿verdad? Pero ferroviarios cuatro gatos locos... – le dice el maquinista.

- ¿Cuál es el pedido más extraño que le han hecho? – pregunta Mariela.

Como adivinando la clase de pregunta, le contestó – Diré qué detesto: los aficionados a los trenes. Rompen las bolas, son densos. Que la foto, que la grabación, pero la peor es cuando me piden que los lleve en la cabina y eso me pone de muy mal humor. A veces han sabido pedirme tener el timón y eso me saca de las casillas. Ya te dí los antecedentes, pensalo bien -.

- Ya veo que usted es de los típicos maquinistas con caras de orto. Más claro, echale agua – le dijo Mariela.

Y el maquinista se quedó mirando a Mariela.

- ¿Para qué quiere que le pida algo si usted me va a mandar directamente a la mierda? – le contestó con una pregunta Mariela.

- ¿Sabe una cosa? Cuanta razón tiene – le contestó el maquinista y se fue a la locomotora.

Mariela vió al tren alejarse y ella se fue de la estación. Se fue al puerto, se sentó debajo de una planta cuando ese mismo tren volvió pasar. Al maquinista algo le llamó la atención: la misma persona que había visto en la estación, estaba en el puerto. Mariela no le prestó atención ninguna al paso del convoy. Bueno, dormía la siesta. Rato después apareció por el lugar y Mariela dormía aún.

- Otra vez la veo por aquí – le dijo el maquinista.

- ¿Sí? ¿Algún problema? No vine a pedirle nada, usted vino a molestar – le contesta Mariela.

- No lo crea. Usted sueña con trencitos. A mí me hartan. Convivo con ellos los 365 días del año. Sepa comprender – le contesta el maquinista.

- Yo los amo. Los quiero. Son un gran pasatiempo en mi vida. Gasto gran tiempo de mi vida con ellos. Pero son una grata compañía. Aunque no siempre los ferroviarios... Es como los aficionados a los bondis, una cosa así – le contesta Mariela.

- Cierto. Pero los ferroviarios tenemos otra fama, no sé si le dijeron. Algo pajeros... sin caer en las indiscretas – comenta el maquinista.

- No se haga problema, que el Pato del Ferrosur me las escribió con pluma y tinta china en un pergamino – contestó Mariela.

Miraban el mar. Los barcos. Disfrutando el aire puro.

- No se preocupe, en la vida no todo son trenes. Amo la pelota... el fútbol argentino... el mejor – comenta Mariela.

- Bueno... esa es mi mayor distracción, me gusta poder jorobar a mis pares cuando alguno pierde... clásicos argentinos. La pelota es como tu novia...

- Como lo puede la locomotora, la moto... o la pistola...

- ¿Pistola? Cachonda la chica... tranquilamente podría ser mi novia

- Con un tipo con una caripela de orto, que hazmerreír...

- Es como todo: en los fierros, la mayoría son hombres pero chicas, no he visto. Entonces, suena raro, pero no me es raro en cuanto al ganar terreno...

2003 – 5 años de mí – 2008: Mayoría de edad

Primera Parte

Mariela Vanesa Sablich se miraba al espejo en tanto que pensaba en uno de sus sueños favoritos: por alguna vez, poder salir de vacaciones.

Su hermana, Tamara Soledad Sablich, no soportaba que su hermana menor pasara largo tiempo mirándose al espejo, como así tampoco le toleraba su pasión por los trenes.

Siempre que tenía oportunidad, Mariela se rajaba detrás de los trenes. Era tan capaz de hacer eso como de dejar plantado a su novio.

Pero ese día, después de mirarse por largo tiempo al espejo, tomó su carterita, y con un pochito ocultó su larga cabellera, sin mediar palabra, se fue.

Cuando llegó la madre al domicilio, quiso saber dónde estaba Mariela. Tamara le contestó que no sabía a dónde había ido, pero sospechaba que seguro que se habría ido detrás de algún tren. Ya no era la primera vez que lo hacía.

Ya todos estaban curados de espanto. – Mariela tiene el delirio de irse de vacaciones – comenta Tamara.

- Eso lo sé de hace rato, si se va, bueno, tiene novio ¿no? – le contestó la madre.

- Eso no es nada, siempre hace lo que quiere y como quiere, a gusto y antojo suyo – decía siempre Tamara. Y era verdad. Como también era muy certero que Mariela hacía rato había pasado la barrera de los 21, dueña y señora de hacer lo que se le ocurriera.

En su familia todos sabían de Mariela y su amor por los trenes, pero ignoraban totalmente “el entretelón” con los ferroviarios y, algún aficionado.

Nunca hizo asco a nada. Ni lo hace tampoco. Pero para conseguir llegar a los gusto, también debía ceder otras cosas. Así supo que el ambiente de los rieles no es fácil de domar.

Los trenes locales los domó como pasajera, como la domaron también los delincuentes afanándole los pocos centavos que llevaba encima. Se hizo habitué de los trenes solidarios. Muy discreta sabía como presentarse delante de aquella gran mole de fierros y robarles las miradas a los maquinistas... aunque eran capaces de echar a todos los aficionados de la cabina, ella siempre tenía su lugarcito. Aunque a plena conciencia supieran que era aficionaba.

A decir verdad, cuando gustaban llevarla, iba. Y cuando no, su premisa era “Punto y a otra cosa mariposa”.

Cumplió uno de sus sueños mayores – vaya si no tiene sueños locos! – tener un tren en sus manos. Siempre con la complicidad de aquel amigo conductor que, por jugado, osado o, imprudente, tal vez, le permitía a Mariela tomar el timón. Eso sí: donde manda capitán, no manda marinero.

Después, por esas vueltas de la vida, viajar en un tren de carga se le hizo un hábito. Gracias a... a Patricio y su no que lo hizo quedar patentado en una fotografía. - ¡Acá no se puede sacar fotos! – le dijo e hizo mover su dedo índice por fuera de la ventanilla. Mariela tuvo la máquina a tiro para retratar más que la máquina, al maquinista con el gesto y su dedo.

Pero quince días después, volvió al playón de Ferrosur, el mismo donde se hubiera topado con eso, solamente que un operario, por hacer la contra de los guardias, le dijo muy sueltamente – Saca todas las fotos que quieras muñeca -. Mariela agradecida. Patricio quería acogotarlos juntos.

- Mira, si deseas una fotografía de la locomotora, primero sabes... – empezó Patricio.

Mariela lo miraba en silencio.

- No sé si me entiendes – empezaba a ponerse denso Patricio.

Mariela siguió mirándolo en silencio.

- Yo sé que sos bonita, pero yo sé que quieres la foto de la locomotora, todo no se puede – seguía Patricio.

Mariela se rasca la cabeza y mira al piso. Hace cuentas mentalmente.

- No sé, ya dije, aún no has dicho nada – le dijo Patricio.

Al final, Mariela le contestó – Yo tengo algo mejor por decirte: ¡sos un pelotudo y un pajero encima! -. Sin anestesia.

Tenía razón. – Mira, ahora me dices eso, yo trataré de tomarlo a bien, pero te aviso que no todas las vas a sacar baratas, por así decirlo. Debes estar prevenida que los ferroviarios somos unos tipos un poco delicaditos de tratar, no somos muy digestibles – le dijo Patricio. Era cierto.

Ese día, Patricio llevó a Mariela en la locomotora a viajar hasta Olavarria. Así fue su primer viaje en un tren de carga. Pero hay otros.

Quien realmente le puso la prueba de fuego fue Adrián. No era maquinista que supiera de visitas externas, aunque tenía sus aventuras. Mariela aceptó viajar con Adrián a Monte Caseros. El viaje de ida fue muy tranquilo. Al llegar a Monte Caseros, Adrián le hizo sentir el peso de estar bailando en el ambiente ferroviario. No podía evitar pensar que Mariela era una muchacha bonita, como todas. Como tampoco podía dejar de pensar en que intentara apretarla, por una vez. No fue muy simpático ese apretón de Adrián, pero lo soportó porque sino era posible que quedara plantada en Monte Caseros. Mariela volvió algo molesta. Pero hay más.

El día que fue de viaje a Bahía Blanca, el señalero de esa localidad se encargaría de la parte pesada. Ya Mariela empezaba a aceptar con cierta resignación que debía jugar el papel de la “puta” a cambio de algo. Es que el señalero se las sabía a todas. Y no daba marcha atrás. Por esa vez, Mariela bajó la cabeza y transó. Transó ir al catre. Se dió cuenta que el señalero ni siquiera tuvo la delicadeza de cuidarla. Se guardó las lágrimas para sí misma. Le bastó bajar las escaleras a la mañana para sentarse en el andén y poder llorar... llorar a los cuatro vientos. Llorar en silencio. Porque en el silencio escondía la angustiosa visita al cabín. Hasta que el jefe de la estación la encuentra sentada - ¿Qué haces a estas horas? -.

- Nada – le contesta Mariela.

- ¿Y por qué lloras? – le pregunta el jefe.

- Nada que deba incomodarlo señor – contesta Mariela - ¿Sabe dónde queda el hospital?

- Esta muy lejos de acá ¿se siente bien? ¿Por qué no espera acá? Llamo a la policía – le dice el jefe.

- Es algo muy tonto señor... – dice Mariela.

- ¿Tonto? Solo los humanos tenemos la suficiente capacidad de sufrir por tonteras y cosas sin sentido. Perdemos horas y horas de nuestra felicidad por aquellas cosas tontas que nos hacen sufrir – le dice el jefe. Certeza como esa, no la había.

- Fue algo muy estúpido, bah, no entiendo porque uno para conseguir una cosita, así de miserable, deba no sé... – le contesta Mariela.

- Ah, ya. Porque el señalero te haya llevado al catre sin ninguna clase de precaución ¿no? Es lógico, pero sucede acá, en la China y en el Congo. Pero tranquila, ven, yo sé del libro gordo de Petete – le contestó el jefe, llevó a Mariela a la oficina y de un estante, bajó una cajita llena de medicamentos - ¿Ves esta cajita? Siempre la tengo en casos de emergencia, en especial estas pastillas – le da una y un vaso de agua – tómala, no digas nada porque acá sonamos todos.

Mariela se tomó la pastilla y se tranquilizó. – Veo que no es la primera vez que se topa con esto -.

- Miles de veces... por eso tengo este arsenal farmacéutico – le contesta el jefe. Mariela quedó mirando con cierta sorpresa el arsenal farmacéutico del jefe bahiense.

Se tomó el tren y volvió a su casa. Nunca daba explicaciones de sus andanzas y viajes. Pero le era suficiente para poder evadir a su hermana, con quien bien poco y nada compartía. De un padre ausente por años y una madre que a lo último perdió el control tratando de domar la rebeldía de Mariela.

- Mariela, ¿por qué no te quedas un poco quieta en casa? Nos gustaría poder compartir algo contigo, algún momento – le habló la madre.

- ¿Para qué? Con una hermana que me envidia todo el tiempo, un padre ausente y un novio de mierda, a veces prefiero estar a cien kilómetros a la redonda – le contesta Mariela mientras ordena unas fotos.

- Yo sé que sufres mucho, pero no te das una idea el sufrimiento que tengo durante los días que te ausentas cuando se que te vas por días y días dando vueltas en los trenes de carga... yo te quiero viva y entera. Soy tu madre, te traje al mundo con mucho amor y cariño y mira... creciste y te has hecho una adolescente rebelde, ya sé que tenés 25 pero para mí seguís siendo la nena – le suplica la madre.

- Pero mamá, creo que aprendí muchas teorías, fui demasiado aplicada en la escuela a cambio ¿de qué? De sacrificar lo bueno de la calle. Amigos... – contesta Mariela.

2003 – 5 años de mí – 2008

"PREFIERO QUE COMPARTAS CONMIGO

UNOS POCOS MINUTOS AHORA QUE ESTOY VIVO

Y NO UNA NOCHE ENTERA CUANDO YO MUERA"

Pido perdón, pero ya sé que van a decir que esas palabras no las inventé yo, y que tampoco pueden no guardar ninguna relación con los rieles, ya lo sé, pero no importa. De donde provenga, tampoco interesa. Voy a excusarme de su uso.

Las uso porque me parecieron la forma más adecuada de empezar un nuevo año y de recordar toda una etapa – aunque parezca mentira – es así. Porque la mera acción de escribir, lo hace cualquiera, pero lanzarse con un relato ante un mar de lectores, constituye un gran desafío, como lo fue en su momento, que a decir verdad, puse la mente totalmente en blanco y ni siquiera pensé dos segundos en eso, escribí un cuento y punto, que siguiera el camino que quisiera.

En serio que me salió bien. Pero siempre pienso que el público lector, ávido de querer leer, es el ojo inquisidor que juzgará al autor del escrito el agrado de lo escrito, siempre y cuando respete, como sostengo siempre, la libertad de pensamiento y libre expresión, así lo pregona nuestro sistema democrático y la propia Constitución Nacional.

El primer cuento se escribió en el año 2003, si hablamos de los referidos pura y exclusivamente a los rieles. Y hasta ahora, no he detenido la marcha.

¿Por qué hemos de vivir tan peleados con el mundo de los rieles? Pues bien pude comprender que para el público constituye un tema un tanto tabú, ya sea por la enorme distancia existente entre el ferroviario y el público, en todos sus aspectos. Y eso es algo tan latente y tan palpable, que pienso que ese hueco debe ser rellenado de alguna forma. Pienso que más allá de querer los trenes, los trenes son algo más que piezas mecánicas o el querer tener el timón: yo los amo y aprendí a cubrir mis falencias mecánicas con el mundo de las letras.

Véngase el 2008 hablando desde los 5 años que las letras han incursionado en el mundo rielero, aunque todavía sea un aspecto muy dormido. Un rincón poco conocido, pero muy interesante de conocer.

Y para quienes creen que los trenes es algo que empieza y termina en los hombres, diré que tienen un aroma a perfume de mujer.

Por último, agradezco a todos aquellos que me siguen, pero en especial, quiero mencionar a Crónica Ferroviaria y a Miguel Moreno que son quienes me publican mis cuentos.

Perdón si he ofendido a alguno, pero tengo mi conciencia limpia. Y eso no me inmuta, en absoluto.

MK.-

PD.: Cada tanto, quisiera tener una opinión por este medio.